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En mi largo camino espiritual, he aprendido a no juzgar. Y cuando las circunstancias me han obligado a hacerlo, he intentado actuar en conciencia, en profundidad. Hoy entiendo las dificultades para lograrlo. Me ha costado años no señalar con el dedo ante el primer indicio, frente a lo que se comenta o lo que parece ser.

 

Siempre he admitido que me gustan las primeras impresiones, esos segundos en los que logramos conectar (o no) con los demás. Si el resultado es positivo, uno percibe enseguida cierta química, una misteriosa energía en la conversación.

 

Sin embargo, cuando la cosa no funciona a primera vista, cometemos un error si inmediatamente encadenamos clichés, apreciaciones infundadas o suposiciones de todo tipo. No solo porque podríamos hacer el ridículo ante los demás, sino por la injusticia que quizás estemos cometiendo. Hay que medir las consecuencias de la ignorancia y de la tendencia a la superficialidad.

 

Cuando me atañe alguna impresión superficial, suelo contestarla inmediatamente. Primero, porque falsas acusaciones, ideas preconcebidas o perfiles desdibujados, consciente o inconscientemente, luego se convierten en leyendas difíciles de enmendar.

 

Aspiro, personal y profesionalmente, a que la gente me juzgue por lo que soy y por lo que hago, y no por el país donde nací o donde vivo. Yo asumo responsablemente mis actos. Solo hace falta conocerme, y entonces establecer opiniones: buenas, malas o regulares. Con absoluta normalidad. He vivido en varios países, y a todos agradezco las oportunidades ofrecidas; pero nunca he dudado en elogiar o criticar cualquier tema, según el caso.

 

¿Quién se arroga el derecho a repartir calificativos, sin haber leído mi libro, sin conocer mi historia de vida, sin saber quién soy y de dónde vengo? ¿Puede alguien despojarme de mi identidad porque, quizás, yo tenga una visión diferente del mundo a la suya?

 

Quizás para algunos sean divertidas las teorías de la conspiración, las simplificaciones absurdas y la ideologización de todo, hasta del café mañanero. Tal forma de vida solo produce malas vibraciones, deshumanización y conflictos. Ese no es mi camino. Sigo creyendo en las primeras impresiones, pero no como armas de destrucción humana.

 

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