Lo que el amor ha unido, que no lo separe la tecnología.

Se dice habitualmente que herramientas como WhatsApp, Twitter o Facebook son responsables de muchas rupturas amorosas. Desconozco cómo se realizan tales mediciones e incluso pongo en duda que puedan obtenerse datos fiables en este sentido. Lo único irrefutable es que millones de personas utilizamos actualmente las más diversas tecnologías para comunicarnos, con todos los riesgos que ello implica. Algunos, incluso, han relegado las relaciones afectivas a planos inferiores.

Admito que soy un fiel usuario de las nuevas tecnologías y reconozco sus méritos pero no descuido su rostro menos amable. En sí misma, la tecnología no es buena ni mala. Son sus diferentes usos los que podrían recibir tales calificativos.

Mucha gente cree que WhatsApp o las redes sociales tienen un impacto negativo en las relaciones sentimentales. Se apoyan en el afán de control que posibilitan: supuestamente, siempre nos estamos vigilando.

Hay parejas que fijan sus horarios al pie de la letra y lo comprueban a través de dichas tecnologías. Una pregunta recurrente en discusiones es: “¿Por qué no me contestaste si estabas ‘en línea’ en el WhatsApp?”. Otro reproche argumenta: “Vi que recibiste el mensaje. Me apareció el doble check, pero no respondiste”.

El “doble check” se ha convertido en un dolor de cabeza, a pesar de que WhatsApp ha aclarado que no significa lo que la gente cree. El primer check indica que el mensaje ha sido recibido en los servidores de la empresa, y el segundo, que ha llegado al celular de la otra persona. Pero eso no quiere decir que lo haya leído. He aquí el nudo gordiano de la cuestión.

Más allá de las explicaciones técnicas, el problema radica en la dependencia generada hacia ciertos artilugios y en el deterioro del grado de confianza en las relaciones interpersonales. Antes de la llegada de los celulares, o incluso antes de cualquier tipo de teléfono, solo teníamos dos opciones: confiar en la pareja o echar a volar la imaginación.   La clave está en considerar la importancia justa de cada situación. Por muy avanzadas técnicas de control y seguimiento que surjan, ¿vale la pena mantener una relación sesgada por la desconfianza? ¿Por qué nos sometemos al martirio de querer colarnos en el cerebro de los demás?

Nunca en la vida podremos controlarlo todo, por más que vivamos tal ilusión. Viva la tecnología, pero también el sentido común.