No voy a darles una receta sobre cómo ser feliz. La cuestión es mucho más complicada. Ser feliz es algo que aprendemos con los años, cuando valoramos y entendemos el verdadero significado de las pequeñas cosas que no tienen precio.

No sé usted, pero yo soy feliz con cosas tan pequeñas y accesibles como un abrazo de mi hijo, por ejemplo; cuando me siento en el cine y observo una buena película o cuando escucho la música de mi cantante preferido. Son cosas que me hacen profundamente feliz.

Escribir, por supuesto, cual si fuera el aire, es necesario para mi vida. No me imagino existir sin poder hacerlo, sin las palabras que danzan diferentes bailes, según el estado de humor con el que me encuentre. Me hace feliz sostener un encuentro con una amiga, aunque sea de unos cuantos minutos robados al horario extenuante de trabajo.

Me hace feliz poder hablar y escuchar a mi ángel, sobre todo en los momentos en los que le pido luz y entendimiento. Me hace feliz saber que está cerca de mí y que me escucha siempre.

Ahora, ¿cree usted que es feliz? Vamos, véase en el espejo y hágase la pregunta: ¿soy feliz? Luego hágase esta otra: ¿Conozco lo que me hace feliz?

¿Por qué se lo pregunto? Muy fácil: uno no puede alcanzar ese grado si no sabe exactamente qué lo hace feliz. Ser feliz es relativamente fácil y a veces terriblemente complicado.

El problema es cuando entregamos, por así decirlo, nuestra felicidad en función de una persona o cosa. Cuando la persona no está o si ya no tenemos aquello, entonces entramos en depresiones que simplemente no podemos manejar.

Ser feliz debe ser una elección que esté en nuestras manos, no en las de nadie más. Nadie me debe hacer feliz, debo aprender a serlo por mí misma. Y entonces, solo entonces, entender que puedo compartir esa felicidad con mi familia, mis compañeros de trabajo y con las cosas que me rodean. La felicidad es una elección diaria.

Claro que hay días en los que andamos “volando bajo”, pero eso es normal. En ese momento recuperemos nuestras fuerzas y energías y entonces decidamos subir como el águila y poder ver las cosas desde una perspectiva diferente. Usted es el único dueño de su felicidad.

En este instante recuerdo una frase que suelo decir a mis alumnos: “Nada ni nadie tiene poder sobre mí, excepto el poder que yo le otorgo. Y no le otorgo poder al mal, ni a la tristeza, ni a la desesperación, solo al amor, a la esperanza y a la paz”.

¡Mucho polvo de estrellas!

* Este artículo se publica por cortesía de la Casa del Ángel, Costa Rica. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.