La frase, escrita hace siglos por San Irineo de Lyon, es simple y profunda a la vez. Siempre he creído que venimos a este mundo, y a esta dimensión, a aprender lecciones, que no hay nada personal. Pero los seres humanos somos tan testarudos que nos cuesta evolucionar y darnos cuenta de las verdades más claras y sencillas.

Muchas veces preferimos perdernos en nuestra propia desesperación y desaliento.

Lo que no se asume, no se redime. Así de sencillo. Llega un momento en la vida en el que tenemos que echar en una canasta todas nuestras inconsistencias y tratar de lidiar con ellas. Ver de qué manera las «manejamos» y las superamos. De eso se trata la vida, de poder ser en lo posible, cada día, una mejor persona.

No voy a decir que quiero que todos seamos santos y que levitemos por los aires. Somos seres humanos, y ya eso nos define. Y, por supuesto, el paquete incluye todas las inconsistencias que somos capaces de llevar a cabo. Pero, al mismo tiempo, tenemos un maravilloso regalo de Dios: el libre albedrío.

Al final, no importa cuáles sean las circunstancias. Nosotros elegimos lo que queremos hacer en nuestra vida. Y, como dije antes, esta vida trata de llegar a ser mejores personas, más compasivas, amables y entregadas a nuestro prójimo, y a todo aquel que nos necesite. A través de ellos, y de nosotros mismos, es que vamos a descubrir a Dios. A ese Dios que está dentro de cada ser humano, dentro de cada alma que pise esta tierra.

¿Y qué pasa con aquellos seres a los que se les ha olvidado la compasión, la alegría, la fe, la esperanza y que poco a poco fueron perdiendo su luz? Pues siguen siendo parte de ese Dios fascinante. Él, a pesar de sus actos injustos y terribles, los sigue acogiendo y queriendo, como aquel padre o madre que siempre perdona y espera a sus hijos.

Pero lo ideal es que podamos asumirnos y redimirnos, diría San Irineo. Redimirnos en nuestras peores condiciones y poder llenarnos de luz y de amor. Primero, a nosotros mismos, y luego a los demás. Solo de esa forma podremos entender los «para qué» y convertirlos en «por qué».

Probablemente, aún no has encontrado sentido a la vida. Pues asúmete. Asume lo que eres, asume lo que haces, por ti y por los demás. Lo que no se asume, no se redime.

Desde mi corazón, dirijo una oración al Universo y a los Ángeles de la Guarda de todas las almas que vivimos en esta Tierra. Sobre todo, para aquellas que se encuentran perdidas, enojadas, frustradas y sin rumbo; para que Dios y sus ángeles les otorguen el amor y el brillo que sus corazones necesitan y puedan comprender ¡lo grandes que son! ¡Mucho polvo de estrellas!

* Cortesía de la Casa del Ángel, Costa Rica. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.