Hace meses un buen amigo me recordó lo especial que sería este ocho de septiembre de 2017, fecha de mi cumpleaños 48. Su pronóstico no era solo el día en que mi madre me trajo al mundo, después de tres jornadas de intensos dolores de parto en un hospital materno de Santiago de Cuba.

Mi amigo Eddie se refería a que este cumpleaños marcaría mis 40 años de vida como comunicador en medios masivos. Justo a los ocho años, Nilda G. Alemán llegó a mi aula de cuarto grado para reclutar a niños que quisieran convertirse en actores y locutores infantiles para la emisora de radio CMKC, en el Oriente de Cuba.

Tras Eddie recordarme ese aniversario, me dije a mí mismo: será un cumpleaños inolvidable y lleno de significado, por los 40 años de una carrera que me ha dado satisfacciones personales y se ha convertido en mi dharma o llamado de vida. Hoy, con la misión de comunicar para despertar y elevar conciencias.

En ese minuto pensé que era una buena razón para celebrar un nuevo cumple con muchas bendiciones recibidas. Quise aprovechar la ocasión para hacer la inauguración oficial de las nuevas oficinas centrales de la empresa y la Fundación Ismael Cala, en Brickell Key en Miami. Al final, celebrar desde la gratitud y la humildad es uno de los pilares fundamentales para hacer de tu vida una obra de presencia y resiliencia.

Todo listo para una gran celebración que rompía además con el patrón de pasar mi cumple en algún lugar lejos de la rutina y en días de vacaciones. Este ocho de septiembre iba a ser una gran tarde de reencuentros y brindis por éxitos externos y logros profesionales. Sin embargo, tal cual mi gran amigo Julio González, director de Vista Campo en Venezuela, me dijo: hay cosas que son asunto tuyo, otras asunto nuestro y algunas asunto de Dios.

Y efectivamente, este ocho de septiembre ha sido una gran prueba de que vivir es dejarse llevar y fluir, sin victimizarse ni comenzar a resistir los cambios que llegan con los vientos. Sea la suave brisa de una tarde en quietud o las ráfagas de un huracán que comienza a sacudir tu mente, mucho antes de azotar la tierra donde estás de pie.

El lunes anticipe que este cumpleaños, uno de los pocos que celebraría con gran despliegue hacia el ego y la celebración externa, iba a tomar el rumbo que Dios y el universo nos envían como señal de alerta en un cambio de conciencia.

Suspendido todo evento ante el inminente azote de un monstruoso huracán categoría cinco, inicié la evacuación desde Miami para llegar a tiempo a los compromisos del lunes en San Diego, martes en México, y miércoles y jueves en Panamá.

Y es aquí donde la aventura del alma comienza en un viaje por carretera hacia Atlanta, que llevó dos dias, y que una vez más no siguió el curso de nuestro mapa mental. Denso tráfico y una rueda pinchada nos hicieron duplicar el tiempo en la autopista y perder el vuelo entre Atlanta y Nueva York el viernes. Centenares de miles de personas nos habíamos lanzado a la carretera para alejarnos del huracán.

Y flexible como el bambú, y sin permitirnos ni la más mínima queja, me dispuse a vivir con desapego la experiencia y a dejar que la vida nos permitiera fluir. Así, en medio de la autopista, un señor detuvo su auto para auxiliarnos con el cambio del neumático pinchado. Luego, el sheriff del condado de ese rincón de Georgia también detuvo su patrullero y llamó al servicio de asistencia en carretera. Por cierto, el joven que nos ayudó con el cambio del neumático nos dio otra lección. Le ofrecimos una propina y nos dijo: “Gracias, pero de ninguna manera puedo aceptarlo, porque he cumplido con mi deber social. De ninguna manera”.

Aun con tanta división y pobreza de conciencia que vemos en el mundo, hay todavía esperanza de pureza, integridad y valores de humanidad entre nosotros.

Para mucha gente, incluidos los cinco amigos que íbamos en este viaje de carretera, el huracán ha traído muchas preocupaciones y problemas, pero también horas de comunión, solidaridad y un compartir desde el corazón, como en pocas ocasiones sucede.

Tras perder vuelo desde Atlanta, decidimos seguir por carretera a Nashville, donde habían asientos disponibles a Nueva York. Desde ahí tomaré otro vuelo a San Diego mañana domingo.

De hecho, he tenido el cumpleaños más largo de toda mi vida, con 25 horas, porque al llegar a Nashville teníamos una hora menos que en el este de Estados Unidos. Así que nos dio tiempo a llegar al hotel y hacer un brindis por la vida, con un pequeño tiramisú como torta de cumpleaños. Sin velitas, pero con la gratitud de estar vivos y con la libertad de opciones, que es un privilegio ante la situación de millones de seres humanos que no pueden evacuar o decidir apartarse de la ruta de un huracán. Ellos están permanentemente en mis oraciones.

Siempre he dicho que la mayor razón para celebrar mi vida es haber dejado atrás la historia antigua de víctima y de desesperanza, aprendida y heredada al igualar destino con memorias del pasado. Esa es mi gran razón de ser: resiliencia y gratitud, para siempre crear calma y felicidad en medio del fluir de la vida.

Gracias, Dios, por regalarme un cumpleaños lleno de mensajes de reflexión hacia dentro, y razones para celebrar desde el alma y no desde el ego. Gracias por una vez más hacerme entender lo que verdaderamente importa en nuestra vida.

Pido a Dios misericordia con tantas vidas expuestas al paso del huracán. Y, tal cual significa Ismael en hebreo “Dios escucha”, le pido al creador nos regale más sabiduría interior, más amor desde el alma, más conciencia de altruismo para vivir en paz y tolerancia dentro de nuestras diferencias. Pido a Dios que nos dé más discernimiento y nos siga invitando a un Despertar de conciencia que destierre de nuestra mente el egoísmo, la avaricia y la apatía, que son las causas y raíces de cualquier problema que se manifieste en este extraordinario planeta donde convivimos.

Todos somos uno… en comunión con nuestros miedos, aspiraciones y necesidades espirituales universales.

¡Escoge amar! ❤️

Dios es amor, hágase el milagro.

Ismael
48 años más joven