Esta vez las respuestas no saciaron el morbo de nadie. Afortunadamente, nadie sugirió que Confucio inventó la confusión, ni tampoco tenían que escoger entre pedir permiso pedir perdón. En una noche de mucho glamour, María Gabriela Isler, de 24 años, se convirtió en la ganadora del concurso Miss Venezuela 2012.

Allí estuve, como testigo de excepción, para constatar que la belleza es un acuerdo entre el contenido y la forma, siguiendo la sugerencia de Ibsen.

No ha sido fácil entender el fenómeno de estos concursos. Nací y crecí en un país donde estaban prohibidos (y lo siguen estando), pues el gobierno cubano considera que convierten a la mujer en objeto, y la denigran. Así, me mantuve mucho tiempo al margen del asunto.

El deshielo sucedió milagrosamente en Cala (el programa que presento en CNN en Español desde hace dos años), cuando entrevisté a Bárbara Palacios, Miss Venezuela 1986, y luego Miss Universo. ¡Qué elegancia! ¡Cuánta clase!

Palacios es un ejemplo perfecto del lado positivo de estos concursos: empresaria de rigor y emprendedora, exitosa escritora de un libro de motivación. La entrevista fue una gran oportunidad para comprobar cómo una Miss supo aprovechar la plataforma para lanzarse a la conquista del mundo.

Sin ir más lejos, Patricia Janiot, la reina de las noticias y una de las periodistas con mayor credibilidad en América Latina, participó en un concurso de belleza en Colombia y obtuvo el segundo premio. Su tránsito por las pasarelas no le restó méritos, al contrario. Quizás amplificó su carrera.

Es cierto que se manifiesta la dicotomía entre superficialidad y esencia, ya que algunos de los cánones competitivos se basan en el estereotipo. Muchas chicas se someten voluntariamente a transformaciones físicas, porque su gran aspiración es colocarse la corona. Pero los dos ejemplos mencionados demuestran una realidad mucho más compleja y enriquecedora.

A día de hoy, Miss Venezuela, organizado brillantemente en los últimos 30 años por Osmel Sousa, con la magistral dirección artística y producción general de Joaquín Riviera es el concurso con más rating de la televisión nacional, la gran noche del año. En ese empeño trabajan esteticistas, nutricionistas, cirujanos y maquillistas, intentando modelar su obra maestra, una pieza esculpida para ganar. Muchas viven el sueño de convertirse en actrices, de hacer carrera como presentadoras de televisión o trabajar en marketing y publicidad. Está claro que el concurso se encarga de poner su rostro en el mapa.

Este año, cuando me invitaron a hacer las preguntas a las candidatas, nunca me propuse tumbar coronas. Tampoco era la misión, enfrentarme a preguntas a una Margaret Thatcher, Michelle Bachelet o Hillary Clinton. Simplemente pensé en como hacerlas brillar, ver cuáles mostraban suficiente gracia y autenticidad para representar a Venezuela y ser embajadoras de la belleza de un país. Ese país que como respondió Maria Gabriela es “un paraíso con nombre de mujer”.

Porque siempre estaré de acuerdo con Bécquer en que el espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que sea presentado, eleva la mente a nobles aspiraciones.