Nada resulta fácil, pero una cosa es esforzarnos y otra poner la energía en el lugar equivocado.

En mi casa siempre se premió el esfuerzo. El énfasis no estaba puesto en que saliera primera en un concurso literario o me sacara 10 en la escuela, sino en cuánto me esmeraba por hacer un buen trabajo. ¿Le estaba dedicando las suficientes horas a mis estudios y tareas escolares? ¿Asistía regularmente al taller literario? ¿Leía lo suficiente? ¿Practicaba mi escritura?

Es decir, crecí en un ambiente donde se valoraba más el esfuerzo que el logro mismo. Mis padres sabían que si trabajaba a consciencia y era persistente en mi misión, alcanzaría cualquier meta que me propusiera. Y así fue. El camino no fue siempre directo, tropecé con más de un escollo, pero mi determinación y perseverancia siempre me terminan llevando a buen destino.

Lo otro que mis padres sabían, y que aprendí con la madurez, es que en realidad lo más importante es el camino. Aprender, hacer ajustes cuando las cosas no salen como esperamos, descubrir nuevas habilidades y formas de conseguir lo que uno busca. Detenerse para conectarse con otros que transitan un camino similar y crear lazos que nos ayuden a ambos. En definitiva, estar bien presente durante el proceso. De esa manera, llegues o no al resultado que deseabas (algo que depende un poco también de la suerte y del azar), vas a haber disfrutado cada momento.

Ahora, si bien vale la pena hacer el esfuerzo por conseguir algo que uno realmente desea, hay una diferencia entre hacer el esfuerzo requerido y que ese esfuerzo se convierta en sacrificio. Muchos hemos crecido pensando que nada se consigue con facilidad, que para todo hay que trabajar duro. Y en general, eso es cierto. Salvo contadas ocasiones en que las cosas te «caen de arriba», a todos nos toca invertir tiempo y esfuerzo para ver buenos resultados.

Sin embargo, una cosa es esforzarte y otra es poner tu energía en el lugar equivocado. Con frecuencia, un esfuerzo menor, pero mejor orientado, te dará resultará más provechoso.

Por ejemplo, si hace años trabajas en el mismo lugar, siempre te quedas hasta tarde, estás disponible los fines de semana, no te tomas hora de almuerzo, apenas sales de vacaciones y aún así no consigues que te promocionen, es hora de parar. Ese es el momento de preguntarte: ¿Estoy haciendo un esfuerzo excesivo? Si la respuesta es afirmativa, es hora de reenfocar tu energía. De encontrar otra manera de pensar en el problema o la situación para cambiar tu enfoque.

En este ejemplo, tal vez lo que necesites sea socializar más con tus colegas y jefes. Ofrecerte de voluntario para proyectos en los que ellos necesiten ayuda (algo que quizá nunca hayas hecho porque ¡no tienes ni un minuto libre!). A lo mejor deberías salir los viernes a tomar algo con el grupo para que te conozcan más, por fuera de tu función laboral. Al fin y al cabo, la gente le ofrece oportunidades a quienes conoce y en quienes confía.

Ese sacrificio en el que se te ha convertido el trabajo, hace que tu esfuerzo no sea reconocido y que, por lo tanto, no disfrutes de ese camino en el que estás. Y hace que, además, ese logro que te elude —la promoción— te haga sentir que todo tu esfuerzo no vale la pena. Por eso es importante hacer la distinción entre esfuerzo y sacrificio.

Es bueno entender que lo más valioso que podemos aportar a un proyecto, un negocio o una relación, es nuestro esfuerzo, nuestras ganas, nuestros deseos de ser lo mejor que podamos ser. Y que cuando empiezas a sentir que todo requiere un gran sacrificio, pares, tomes distancia y evalúes la situación para reorientar tus esfuerzos.

Te aseguro que los logros que tanto buscas llegarán solos, como resultado de un esfuerzo bien alineado.

GQI-MarielaDabbah

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.