“No entiendo a la gente que se obliga a ser feliz en las Navidades” me preguntó en los pasillos de la emisora un compañero de trabajo “¿Es que acaso no hay derecho a estar triste o un poco amargado en estas fiestas?”.

Yo podía intuir por donde venía mi amigo. Con poco menos de dos años en Miami, pasar otras Navidades sin sus padres y hermanos le estaba resultando difícil. Celebrar con los seres queridos en la distancia es una de las pruebas más duras para el inmigrante. Un trance que viene por partida doble, ya que en el país natal también se extrañan a los que se fueron. Extrañar, nostalgiar, añorar, maltripear. No todos son verbos que existan en el diccionario, pero si en el corazón.

Con esto de las Navidades pareciera haber un acuerdo tácito de que todos debemos ser felices. Arbolito, pesebre, comida, tragos y pachanga. Que nadie se quede por fuera. Como una marejada ineludible, en Navidades se supone que siempre suben los ánimos. Pero tú sabes que no siempre es así. Que a veces la marea está muy arriba pero en otras va de bajada. Especialmente en estas fechas, cuando se revuelven las corrientes más profundas, cuando se echa de menos, o se hace el balance de los días, o se recuerda con una intensidad que no es la habitual. Qué hacer en esos momentos ¿Darle la espalda a los sentimientos? ¿Guardarlos en lo más profundo de una sonrisa forzada?

Huirle a las emociones, así como ignorarlas o reprimirlas, nos ayuda muy poco a procesarlas. Mejor que darles la vuelta para no sentirlas es abrir un espacio para experimentarlas. Al menos por unos instantes, permitiéndoles (y permitiéndonos) su paso por nuestros cauces internos. Así podremos descubrir toda la riqueza que traen esas aguas, a veces lodosas, otras muy claras.

Claro, con tantos adornos, canciones y regalitos, pareciera un contrasentido decir que está bien sentirse un poco triste, agitado, estresado o desganado en estos días. Pero suponiendo que no se trata de un problema crónico de salud mental, sino uno de esos bamboleos emocionales que casi todos tenemos, es un acto de amor y honestidad reconocer lo que está pasando en el momento. Y luego, con el mismo amor y honestidad, abrir la mente y los sentidos para darnos cuenta de las otras cosas que están pasando. Si observas bien muy posiblemente descubrirás que también hay cosas buenas y luminosas y esperanzadoras más allá de ese estado de ánimo no tan navideño que estás viviendo en el momento.

Y es que la vida es esto y es aquello. Todo a la misma vez. A veces con la marea alta, otras veces en marea baja. Y si puedes encontrar un centro, un ancla, un lugar o un ser querido que te inyecte una buena dosis de humor y amor, estas Navidades y cualquier fiesta adquiere mayor sentido. Porque no se trata de celebrar solamente una emoción, la que se supone que debe reinar en estos días, sino de celebrar la vida con todo lo que nos traiga… o se lleve.

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.