Solo hay una manera de entender el mundo y la naturaleza humana: hablando, escuchando y compartiendo abiertamente con la gente. Algunos lo materializan sin moverse de sus casas, a través de los libros, la televisión e internet, pero otros ni siquiera se cuestionan lo que hay más allá de sus pestañas.

Estos días de asueto en Centroeuropa, mientras me dejo llevar por la fuerza del tren, maravillado por el paisaje de campos y ciudades, he recordado con alegría lo recibido en mis viajes por el mundo. ¡Es imposible cuantificar tanta enseñanza! De niño y adolescente veía numerosas películas y no dejaba de soñar con el mapamundi entre las manos. Me dormía diseñando grandes rutas, atravesando montañas y conversando con gente de todas las razas y etnias. Le pedía a mi padre que me llevara al aeropuerto de Santiago de Cuba para ver despegar y aterrizar los aviones, pensando que algún día podría volar en uno de ellos.

Debo dar gracias a Dios por haber realizado mis sueños, y con creces. Vivimos en un mundo en el que muchas personas no pueden moverse, debido a razones económicas, visados o limitaciones incomprensibles. Ahora que mis paisanos pueden viajar fuera de Cuba, sin pedir permiso a las autoridades, tropiezan con el muro económico y con la dificultad de las visas, mi muro lo derribé y espero que sea para siempre.

Sin embargo, conozco a quienes han aprendido, de otro modo, cómo se mueve el mundo: viendo programas de televisión sobre viajes, producidos en España, que llegan informalmente a Cuba y tienen un éxito increíble. Me maravilla cómo los humanos hallamos soluciones para nuestras carencias y cómo las nuevas tecnologías ayudan cada vez más en ello.

Entrar en contacto con la diversidad del planeta es la gran escuela de la convivencia, sea a través de libros, internet, medios audiovisuales o de la presencia in situ. La mejor receta para vencer las reticencias, ante lo diferente, es el contacto directo con lo diferente. ¿Alguna vez has conversado con chinos, filipinos o árabes que trabajen a tu alrededor? A veces, no hace falta ir tan lejos para compartir las ideas y saber más de otras culturas y tradiciones. Deberíamos empezar por ahí.

Admito que me atrae la idea de lo desconocido y diariamente hablo con decenas de personas de diversas procedencias. Me interesa lo que piensa la gente, cómo vive y cuáles son sus sueños. Mostrarme así me ha permitido entender mejor la raza humana y desterrar feas actitudes como el nacionalismo y el chovinismo.

Ser ciudadano del mundo, con sentimiento de pertenencia por la tierra natal, pero también con una visión global y solidaria, es la mejor vacuna contra el racismo y la xenofobia.
Viajar es una de mis grandes pasiones, cada día estoy mas convencido de ello.

Te invito a co-crear el viaje principal, ese que nos lleva a los destinos y momentos de nuestra propia vida, haciendo ruta y con la fe que más allá de las carencias inmediatas está la infinita abundancia del espíritu y nuestra mente.

Dios es amor, hágase el milagro.