Cuando luchamos por un anhelo, y por alguna razón no somos capaces de satisfacerlo, corremos el riesgo de ser víctimas de un estado de aparente vacío espiritual provocado, precisamente, por ese deseo insatisfecho. Me refiero a la frustración. A todos nos toca la puerta.

Todos los que luchamos por hacer realidad nuestros sueños y ser cada día mejores, somos susceptibles a paladear, en algún que otro momento, el sabor amargo de la frustración. Es normal que así sea.

Las únicas personas inmunes a ella son las que nada arriesgan, las que no cambian, las que no luchan y esperan que todo les caiga del cielo. Quien no trata de avanzar, no tiene espacio en el camino de la vida ni para frustrarse. Y aun así hay mucha gente que habita permanentemente en ese estado.

Es cierto que los reveses provocan sentimientos desagradables, muchas veces hasta nos hacen enojar, pero tenemos que estar preparados espiritual y psicológicamente para ellos. Y no solo preparados para soportarlos como un contratiempo fastidioso, sino para sacarles provecho.

Defiendo la necesidad de consultar el pasado como una fuente de experiencia. Las frustraciones forman parte de esas experiencias y es esencial saber utilizarlas en beneficio de objetivos posteriores. Cada aparente fracaso tiene mucho de lección, y de nosotros depende aprovecharlos.

Por supuesto que lo ideal sería nunca equivocarse, pero eso es imposible. Somos seres humanos bendecidos con la inteligencia, pero de nosotros y de nadie más depende cómo y cuándo la utilizamos.

Cuando no hacemos un buen uso de ella, cometemos errores y acto seguido, en mayor o menor grado, aflora la sombra de la frustración.

Lo más preocupante no es sufrir la tormenta espiritual que esto provoca, si no dejarnos arrastrar por esa tormenta, no saber controlarla y caer en un estado espiritual y psicológico que pueda ser pernicioso para nuestros propósitos en la vida, y hasta para la salud.

Corremos el riesgo hasta de ser impelidos hacia comportamientos agresivos, y no exagero. La frustración no canalizada puede conducir a la ira y a la violencia.

Mi aprendizaje y hoy premisa de vida ha sido tratar de recuperar el impetu de la infancia en no desmayar en intentos cuando algo nos apasiona. Si nos caemos siete veces, nos levantamos ocho, y que cada supuesto revés sea una lección.

El ser humano alcanza su verdadera madurez cuando conoce sus limitaciones, cuando asume sus errores y las frustraciones que de ellos se derivan, y, sobre todo, cuando sabe utilizarlos en beneficio de cada nuevo empeño.

A vivir a plenitud… A dar gracias por lo aprendido y por lo vivido. A calar sueños a granel.