En casi todas las entrevistas me preguntan: “Cala, ¿por qué no tienes un blog?”. Y mi respuesta es siempre la misma: “De momento es imposible. Necesitaría un día de 30 horas”.

 

La decisión de abrir un blog —y mantenerlo— no es baladí, sobre todo por respeto a los lectores. A día de hoy existen más de 200 millones de blogs en el mundo. ¿Cuántos de ellos permanecen activos? Nadie lo sabe con exactitud.

 

La democratización tecnológica, de la mano de plataformas como Google o WordPress, facilitó que miles de personas decidieran contar sus peripecias u opiniones, pero luego la fiebre bajó. Ahora, además de hermosas y variopintas “ciudades” cibernéticas —que muchas veces ponen en jaque al periodismo convencional—, también existen vastos cementerios.

 

La abundancia —no lo perdamos de vista— funciona como una especie de filtro. Las burbujas padecen estallidos cíclicos, con la consiguiente recolocación del talento. Es decir, siempre las aguas vuelven a su nivel. La diversidad tiene, sin dudas, un aspecto centralmente positivo: escoger en libertad, entre muchas opciones, siempre será una actitud muy reconfortante.

 

Y las opciones no han faltado. Los tags más utilizados en los blogs el año pasado, según la empresa Technorati, fueron: noticias, negocios, política, entretenimiento, video, deportes, música, cine, blog, tecnología y moda. ¿Quién da más?

 

Technorati considera que el 60% de los blogueros “postea” por hobby, el 18% lo hace desde posiciones profesionales y el 8% por motivos corporativos. Dichas cifras revelan que el blogueo continúa siendo una actividad mayoritariamente ciudadana: pocos perciben compensaciones económicas por ello; simplemente lo hacen para entretenerse o socializar sus experiencias.

 

De ahí que el abandono o el cansancio puedan resultar consustanciales al proceso. Pero nadie puede recriminar por ello a los autores. Pese a su inactividad, millones de blogs continúan representando una importarte fuente informativa, una preciada base de datos de textos, imágenes y vídeos que reflejan una época, un país o un suceso. Si de verdad aportan datos, opiniones e historias interesantes, no deberían ser borrados al finalizar su tiempo de vida activa.

 

La idea de un posible blog, como ya he contado, muchas ha rondado mi mente; pero Twitter se encargó de disuadirme. El pájaro de los 140 caracteres llegó a nuestras vidas para favorecer la síntesis, la opinión multiplicada y el hecho inmediato. Es evidente que ambas plataformas se complementan, por lo que elegir entre ellas o utilizarlas, según el caso, es una decisión personalísima.

Con @calacnn he experimentado una interacción nunca antes soñada. Para cualquier periodista, Twitter es una herramienta imprescindible de expresión y retroalimentación. Incluso los insultos, que son mínimos en comparación con las sugerencias, los saludos y los elogios, sirven para visualizar la repercusión social de mi trabajo.

 

Echando cuentas, y, sobre todo, reservando fuerzas, Twitter gana. Aunque sea temporalmente. Escribir un blog podría resultar un viaje fascinante, pero no es el momento. ¿Te animas tú? ¿Qué tienes que contarnos?