Dos días en el año se han ganado su grandeza por derecho propio: el 31 de diciembre y el primero de enero. Festejamos otros, pero todos sustentan su celebridad en algún suceso digno de ponderación que ocurrió, a veces hasta de manera casual, dentro de sus 24 horas.

El día más bello del año, para muchos, es el 25 de diciembre, la Navidad. Para los cristianos, ese día es bendito gracias al nacimiento de Jesús. El sacrificio de San Valentín, quien fuera ajusticiado un 14 de febrero por el emperador romano Claudio II, por defender el derecho de los jóvenes amantes, dio lugar al Día de los Enamorados.

Una jornada hermosa es el Día de las Madres. Muchos pueblos la celebran en fechas diferentes, por una u otra razón histórica. Existen otros días muy marcados, pero a cada uno lo respalda un suceso eminente.

No ocurre así con el 31 de diciembre y el primero de enero. Ellos, por designación del calendario gregoriano, son trascendentales. Tienen la responsabilidad de culminar un año viejo y encabezar uno nuevo. ¡Son grandes por sí mismos! Tienen la misión de entregar y recibir la antorcha que nos alumbrara el camino durante los próximos doce meses.

He expresado antes que, más que un simple canje de fechas, el año nuevo representa un paso hacia una fase superior de nuestra existencia. Hemos de festejarlo, recibirlo con alegría, cargados de sueños, de confianza y de fe en el futuro.

En medio del alboroto del último segundo, muchos se besan, otros brindan y devoran doce uvas, hay quienes levantan el pie izquierdo y solo dejan el derecho sobre el suelo. Mi abuelita tiraba baldes de agua a la calle para que se limpiara todo lo malo. En Dinamarca, rompen platos. En algunos lugares de Sudamérica muchos se visten con ropa interior amarilla; otros abren puertas, ventanas y encienden luces para que el primero de enero no los sorprenda con rincones oscuros.

Todos cruzamos de un año a otro como mejor nos parezca. Tenemos libertad absoluta en ese trascendental momento. Lo importante es despedir a uno y recibir al otro llenos de energías positivas y de optimismo.

En esta ocasión lo despido en Tailandia. Antes he cumplido uno de mis grandes sueños: visitar la India, una nación llena de contrastes, donde la espiritualidad alcanza la fuerza del caudal del Ganges.

Soy testigo de una manera diferente de despedir el año viejo y recibir el nuevo. Desde la exótica Tailandia, tierra de tradiciones milenarias, les deseo, junto a mi equipo de trabajo, un 2014 repleto de sueños.

¡Feliz Año Nuevo!