Uno de los instintos naturales de los seres humanos es el gregario, o sea, el que nos impulsa a vivir en colectividad. Esta tendencia a no acatar la soledad impone regulaciones legales, reglas de convivencia, la inmensa mayoría regidas por patrones jurídicos que tienden a asegurar el respeto al derecho ajeno, a normar patrones de conducta social. Su desobediencia, en casi todos los casos, implica medidas punitivas.

Pero, esta vida en colectividad que tanto nos ampara, para que funcione como es debido, requiere también del cumplimiento de otras obligaciones cuya desobediencia, sin embargo, no contempla sanciones legales de ninguna naturaleza. ¡No se acatan y nada sucede! Son actitudes negativas, muy nocivas, que emergen desde los más oscuros rincones del espíritu humano. Una de esas actitudes, quizás la más perniciosa, es la falta de solidaridad.

Digo que quizás es la más perniciosa porque la solidaridad es una virtud sustancialmente humana. No ejercerla niega uno de los dones que más nos enaltecen, provoca que se soslaye la necesidad que tenemos de interactuar unos con otros, de apoyarnos de manera mutua. No ejercerla lanza al olvido que todos formamos parte de este mundo, que vivimos bajo el mismo cielo y corremos iguales riesgos.

“La solidaridad no es un sentimiento de vaga compasión, o una pequeña incomodidad por las cosas malas que le pasan a mucha gente”, expresó Juan Pablo II. “La solidaridad, por el contrario —continuaba diciendo— es una determinación firme y perseverante para comprometernos en el bien de todos y cada uno de los individuos. En realidad, todos somos responsables de todos”. Según estas hermosas palabras, “no ser solidario convierte a los humanos en seres irresponsables”.

La solidaridad es una virtud que se opone al burdo materialismo, al individualismo, a la egolatría, al egoísmo; tiene como propósito vital el bien de los demás. Al igual que la dádiva, no se materializa de manera única en el campo de lo material, sino también en el espiritual. Las grandes historias que narran sucesos de solidaridad humana se refieren, en esencia, a la espiritualidad.

Cuando ejercemos esta virtud, no tenemos en cuenta la raza, el sexo, la nacionalidad, la posición social o filosofía de aquellos a quienes pretendemos apoyar, porque es una manifestación que, ante todo, reconoce que somos iguales. Seres humanos que un día damos y otro recibimos.

No actuar con espíritu solidario deja mucho que desear de nuestra espiritualidad, desdice de la bondad, del amor al prójimo e incluso de la capacidad de razonar. Nada que perjudique la coexistencia armoniosa de los que vivimos sobre este planeta, puede considerarse una expresión de inteligencia. La solidaridad no requiere nada a cambio.

Lamentablemente, en este campo, a los seres humanos nos falta mucho por andar. Mezquinos intereses políticos, económicos, filosóficos y hasta religiosos conspiran contra esta hermosa virtud humana.

Martin Luther King, el gran luchador por los derechos civiles, nos deja bien sentado que “hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos”.