Es más fácil seguir trabajando en un escritorio cubierto de pilas de papeles que reorganizarlo. Vivir en un hogar agobiado por la cantidad de objetos en cada rincón que tirar lo que está demás y ordenar el resto.

 Porque es más fácil seguir en la inercia que hacer un cambio.

Por más que cientos de expertos recomiendan simplificar tu hogar y tu vida (“declutter”), desapegarte de los objetos, deshacerte de ropa que no usaste en dos o tres temporadas, pocos tenemos el rigor de hacerlo con regularidad. Y así con el paso de los años vivimos cada vez más esclavos de nuestras cosas.

 Pero cuando por circunstancias que van más allá de ti te ves obligado a simplificar tu vida, de pronto, te enfrentas a la oportunidad de experimentar una nueva manera de vivir. Algo así me pasó estas semanas cuando por un incendio en mi complejo, me evacuaron y terminé alquilando un departamento sin amueblar.

 No se trataba de llenar una valija con ropa para pasar un par de semanas en un hotel sino de trasladar todo lo que necesitaría para vivir por varios meses. Fuera de mi ropa, enseres de baño y cocina, opté por llevarme sólo los muebles indispensables. Una mesa y cuatro sillas para el comedor, mi escritorio de oficina con la computadora y un fichero. Mi cama y sillón de lectura. Unos pocos adornos, dos plantas que recibí para Navidad. Una vela perfumada que me encanta.

 Luego de instalar el limitado mobiliario el departamento se veía casi desnudo. Mis amigos me aconsejaban que llevara sillones para el living, cuadros para las paredes, más plantas… Pero me resistí. Decidí ir viendo cómo me sentía en un lugar despojado de objetos. Donde el mismo espacio vacío hiciera lugar para crear algo nuevo.

 Te confieso que los primeros días no dormí casi nada. Naturalmente no estaba acostumbrada a los ruidos, los silencios y la luz del lugar. Y aún cuando estaba en el mismo complejo a pocos pasos de mi antiguo departamento, tenía nuevos vecinos. De a poco retomé actividades que me ayudan a centrarme y a convertir un espacio extraño en mi hogar: actividad física apenas me levanto, yoga, el aroma de manzanas horneadas para el desayuno, una taza de té compartida con una amiga…

 Y empecé a descubrir que me gustaba el espacio abierto. Me permite caminar mientras estoy en el teléfono, hacer piruetas, bailar. Algo impensable en mi casa toda amueblada. Además, tener menos opciones de ropa me ahorra tiempo a la mañana. Y tener menos alternativas de entretenimiento facilita mi concentración para trabajar y el fluir de mi creatividad.

 En el momento en que te ves forzado a vivir con lo mínimo indispensable, te obligas a repensar qué es aquello sin lo cual no puedes vivir y descartas una enorme cantidad de cosas superfluas. Cosas que no sólo ocupan lugar físico sino psíquico.

 Pero aunque no te conviertas en un asceta, el ejercicio de simplificar tu vida abre oportunidades sorprendentes. Te libera de las ataduras a lo material. Fortalece tu auto confianza ya que si te desprendes de los excesos materiales lo que se revela con mayor claridad es tu ser interior. Y es en ese momento en que puedes observarte a ti mismo y a quienes te rodean y responder estas preguntas: ¿Quién soy?¿Cuál es mi propósito y cuál es la mejor manera de llevarlo adelante?

 Entonces, simplificar tu vida es el mejor atajo para encontrar el sentido a tu vida. Algo que quizá hace tiempo vienes buscando.

 * Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.