“Recuerda que cuando abandones esta tierra no podrás llevarte nada de lo que has recibido, solo lo que has dado”. Hermosa y oportuna frase de San Francisco de Asís. Muchos relacionan el don de dar con la dadiva material, o sea, con el gesto altruista de saber compartir nuestros bienes de uso, incluyendo el dinero, con aquellos que tienen menos.

Estoy muy de acuerdo con eso, soy del criterio que cooperar con los demás, es un hecho que enaltece nuestra dignidad humana, es una demostración de nobleza, desprendimiento y un acto de fe. Eso es indiscutible, pero muy poco se habla de la trascendencia que también tiene el don de brindar espiritualidad. Además, a veces no tenemos mucho más que ofrecer.

El don de dar trasciende el mero ámbito de la donación material, va más allá de aquello que podemos contabilizar o situar encima de una balanza. Esta virtud abarca nuestro universo espiritual como donante de bienes espirituales. Es entonces cuando se produce un mayor y más profundo intercambio entre quien da y quien recibe porque nada material atenta contra la fortaleza del espíritu.

En tiempo convulsos como los que vivimos, la catadura material de las cosas muchas veces es determinante para poder encaminar la vida terrenal, pero, en última instancia, el aspecto espiritual es el imperecedero, es el que más penetra en el alma y en el corazón y el que más cala en el recuerdo y en el cariño de nuestros semejantes.

Hay momentos en nuestra vida en que lo más requerido es el apoyo emocional. Entonces es cuando nuestro don de dar puede manifestarse en toda su dimensión espiritual a través de una frase de aliento, ofreciendo respaldo y cariño, comprendiendo y compartiendo emociones, brindando fortaleza y a la vez esperanza.

El don de dar, en ninguna de sus dos variantes, la material o la espiritual, requiere nada a cambio, ni siquiera agradecimiento, porque si no sería el don de negociar o el de intercambiar y ya eso es otra cosa. El se apuntala en el más profundo desinterés, nunca pasa factura pues es un regalo divino y de ahí su esencia espiritual.

¿Cuál es el ejemplo más transparente de esta virtud humana y a la vez divina? Nuestra madre. ¿Qué es lo que más necesitamos de nuestra madre? Su abrigo, su cariño, su comprensión y su amor. ¿Que genera el amor? Más amor. ¿Qué genera el cariño? Más cariño. ¿Qué genera la felicidad ? Ya escucho tu respuesta.

Y si necesario saber dar, es imperativo saber recibir, porque quien no sabe recibir no está en disposición de dar.

Gracias a Dios, a pesar de los tiempos que corren, aún muchos dan sin recordar y son muchos los que reciben sin olvidar.