Un buen samaritano intenta salvar a un escorpión a punto de ahogarse en un riachuelo, pero cuando lo agarra el animal lo aguijonea. Un intruso le reprocha: «¡No se da cuenta de que el escorpión es un animal desagradecido, capaz de atacar a quien quiere salvarle la vida!».

 

«No es un animal desagradecido», le responde el buen samaritano. «Es un escorpión y su instinto es aguijonear. Esa no es razón para dejarlo morir».

 

La fuerza de los instintos prima en los animales, pero en los humanos se somete a la fuerza de la razón. Dios nos bendice con una inteligencia capaz de controlarla.

 

Someter los instintos es ventajoso. El mejunje instinto-razón es un arma poderosa del intelecto, pero tiene su lado dañino: se pierde capacidad instintiva. Si los controlamos nunca se desarrollarán al nivel de los animales, lógicamente.

 

El escritor asturiano Armando Palacio Valdés subraya que cuando la noche es tenebrosa y se cabalga al borde de un abismo, el jinete inteligente suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo. La inteligencia animal no tiene capacidad para contaminar sus instintos.

 

Tampoco es bueno reprimirlos, porque pueden aberrarse y convertirse en una barrera para el desarrollo psíquico y social. No escapan de la posibilidad negativa ninguno de los instintos básicos: conservación, sexual y gregario.

 

Es cierto que el intelecto nos convierte en seres superiores, pero muchas veces, permeado de prejuicios, concepciones falsas o desconfianza, nos detiene. ¡Nada más contradictorio que el poder de la razón, el que nos hace superiores, sea el que nos obstaculice la marcha!

 

Cuando no sabemos, o no podemos aprovechar la capacidad de intuir y razonar a la vez, pero queremos luchar, una solución sabia es dejarse arrastrar por los instintos. ¡Cuando la razón nos detiene, que nos empuje el instinto!

 

¿Quién no ha actuado alguna vez guiado por la intuición, por una «corazonada», como la llaman algunos? La intuición es una mezcla de instinto e inteligencia, surge de repente, cuando menos la esperamos, sin necesidad de razonar. Para muchos es un sexto sentido.

 

Las «corazonadas» hay que aprovecharlas siempre. Si estamos en capacidad de hacerlo, podemos someterla al análisis racional. Pero, si estamos estancados, no lo pensemos. Con confianza, esperanza y optimismo salgamos a conquistarla.

 

Las intuiciones pueden ser tan certeras como la razón. Tienen el poder de impulsarnos y son más efectivas cuando luchamos, aprovechamos nuestras experiencias y aprendemos de cada éxito y cada fracaso.

 

Es cierto que los animales nos superan en la agudeza de los instintos, pero los nuestros son más eficaces: a la vez que los controlamos, los educamos. Nunca aguijoneamos la mano salvadora como hace el escorpión, salvo excepciones aberrantes.

 

Confiemos en nuestros instintos como el jinete confía en los de su caballo. Así no habrá abismo capaz de detenernos.