Por GABRIELA ARRIETA, columnista invitada

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un Atlas, nos pasea por las calles en volanta y nos sentimos en buenas manos”. Esta canción de Joan Manuel Serrat recuerda que hay momentos en que, de vez en cuando, la vida se sienta con uno a tomar café, te sonríe, te hace sentir especial. Lamentablemente, esto no ocurre siempre.

La vida es fascinante, pero no siempre pone frente a nosotros cosas que lo sean. Tal vez lo más hermoso sea pensar que la variedad de situaciones diarias nos hace ser diferentes. Somos personas que tomamos decisiones buenas y no tan buenas.

Una de las decisiones más importantes que enfrentamos es el perdón. Perdonar no significa aplaudir o aprobar lo que hizo alguien, sino que usted entiende que necesita estar en control de la situación. No podemos controlar los pensamientos o acciones de los demás, solo los propios.

Entendiendo que nuestra capacidad de control se circunscribe solo y exclusivamente a nosotros mismos, comprendemos que el perdón es un bálsamo que alivia el corazón, en particular, y nuestra vida, en general.

Cuando usted perdona a alguien, le está dejando libre. Mientras tanto, usted también puede liberarse del dolor. La única manera es perdonando. Usted se hace un favor. Perdonar es dejar eso tan pesado que lleva en la espalda y prometerse a sí mismo que no lo va a recoger nunca más. El camino es muy largo y agotador como para llevar encima cargas tan duras. Y los recuerdos, cuando son difíciles, se transforman en un equipaje muy incómodo.

Cuando usted perdona se libera a sí mismo, hace que las cosas luzcan diferentes. Se siente físicamente más liviano, puede ver las cosas desde otra perspectiva y, además, comienza a curar su cuerpo de muchas enfermedades que son el resultado de no haber perdonado. No necesita ser bueno, ni tampoco perfecto para perdonar, solo tener sentido común.

Pero hay algo mejor que perdonar a los demás: perdonarnos a nosotros mismos. ¿Cuántas veces nos hemos achacado culpas? ¿Cuántas veces hemos dicho: “si hubiéramos hecho aquello o lo otro, esto no hubiera pasado”?

No hay nada más liberador, más sanador que el perdón. Perdonar y perdonarnos, aceptar y aceptarnos. Todos somos diferentes, cometemos errores y aciertos y reaccionamos de modo diferente. Lo importante es saber perdonar.

Es hora de enfocarse en lo bueno de su vida, en lo positivo, en lo valioso. El resto, si nos duele recordarlo, entonces ya no vale la pena. Dejémoslo donde tiene que estar: en el pasado. Tratemos de entender la lección que esa situación o persona nos enseña, y sigamos adelante.

Enfoquémonos en vivir el presente y en construir el futuro. Así podremos tener momentos maravillosos, ésos en los que la vida se sienta con nosotros a tomar café y nos hace ver todo de manera asombrosa. ¡Mucho polvo de estrellas!

* Cortesía de la Casa del Ángel, Costa Rica. La opinión de los columnistas invitados no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.