La felicidad no depende de cuánto tenemos, ni siquiera de todo aquello que somos capaces de alcanzar. La felicidad para muchos es el éxito, es llegar a una meta, es un estado emocional del que disfrutamos, únicamente, cuando saboreamos la satisfacción de haber logrado un anhelo con nuestro propio esfuerzo, cuando nos sentimos realizados como seres humanos.

La felicidad es una satisfacción interna, en ocasiones se disfraza con la convicción de haber obtenido lo que nos propusimos. El regocijo nos convierte en entes felices y positivos, llenos de alegría y dispuestos a seguir luchando, aún más, por metas superiores. ¡La felicidad nos motiva a seguir siendo felices! Sin embargo, la felicidad está en la auto-realización de cada ser humano creando su mapa de vida.

No quiero decir que la posesión de bienes materiales no contribuya a ella, ni mucho menos que la entorpezca. Sería absurdo afirmarlo, sobre todo cuando lo logrado es fruto del talento y de nuestras energías; pero, si todo lo que hacemos y poseemos, aunque sea mucho, no complementa nuestras necesidades espirituales, nunca seremos capaces de disponer del regazo de la felicidad, porque al fin del camino la felicidad es serenidad mental, paz, alegrías compartidas.

Hay quienes afirman, con razón, que ser feliz depende de lo que somos y agradecemos, no de lo que tenemos. Estar feliz es un sentir íntimo que brota desde lo más profundo de nuestro ser hacia el exterior, que nos impele a seguir conquistando anhelos con una carga de viralidad contagiosamente positiva. ¡Cuánto disfrutamos ver a un ser humano en estado de gozo, satisfecho de lo que es! ¡Cuánto nos inspira!

La felicidad es un estado armónico casi perfecto en el ser humano. Disfrutamos de su complacencia cuando somos capaces de alcanzar un equilibrio entre ser y hacer, crear y creer, poseer y agradecer, sobre todo en el contorno del espíritu. Sin embargo, este equilibrio armónico puede ser traicionero porque, en muchas ocasiones, tiende a acomodarnos y nos inmoviliza. Por ejemplo, cuando nos conformamos con lo que ya hemos conquistado y soslayamos cuánto más podemos alcanzar.

Desde el mismo instante en que sucede algo así, nos detenemos, porque somos proclives a llegar a la conclusión errónea de que la felicidad llegó a su clímax. Pero… ¡nunca es completa! Siempre puede ser mayor, directamente proporcional a nuestro esfuerzo por vivirla a diario, a la voluntad y al talento que le dediquemos a cada uno de nuestros empeños en pos del éxito de vivir a plenitud.

La vida nos colma de oportunidades, nos brinda la posibilidad de ser humanos realizados, felices; pero no podemos sentarnos a esperar un golpe de suerte o un milagro divino. Tenemos la oportunidad de lograr la felicidad, pero también el deber de salir a lucharla, por nosotros y por el bien de nuestros semejantes.

Invierte en tu felicidad ahora. Respira, agradece, potencia tu mente con super alimentos que la hagan florecer en positivo. Dios es amor, hágase el milagro.

Foto:  Camila Cagliolo