El deporte es una especie de bálsamo contra las penas. Cada cuatro años, el mundo entra en tregua (y en trance) para disfrutar de la fraternidad deportiva. Una cita con los mejores entre los mejores, donde la superación y la confianza ponen a prueba la capacidad de resistencia de los participantes. El ejercicio físico incrementa la actividad de las llamadas “hormonas de la felicidad”, como la serotonina, la adrenalina y la endorfina; pero, admirar la práctica de otros, también provoca un placer indescriptible. Y, a veces, no pocos problemas de convivencia.

 

Las competiciones siempre han estado en el centro de la vida humana, desde la simple supervivencia primitiva hasta las destinadas al puro goce o entretenimiento. Afortunadamente, la humanidad las ha ido perfeccionando, haciéndolas más compatibles con la dignidad de las personas, aunque en algunas todavía sobra rudeza.

 

Lo cierto es que competir, o disfrutar de la competición, constituyen placeres eternos. En dosis adecuadas, como todo en la vida, ayudan a la cohesión de los pueblos, al enseñoramiento del talento por encima de razas u orígenes y al perfeccionamiento como estrategia de subsistencia.

 

En estos días, Londres, la hermosa capital británica, es doblemente ciudad capital. A la vida diaria de sus bancos, al brillante music hall y al glamour de su corona, se suma por dos semanas un espectáculo grandioso. Miles de voluntarios, autoridades y atletas de los cinco continentes trabajan por ofrecernos un momento de comunión.

 

El gobierno británico ha diseñado una serie de medidas para evitar la propaganda política, de cualquier tipo. Se trata de un encuentro entre todas las esquinas del planeta, sin importar la ideología, el color o la filosofía de vida. Los Juegos Olímpicos forman parte de la cultura humana y deben preservar su universalidad. En un estadio de Londres, o en cualquiera de nuestras casas, estaremos pendientes de los récords, de las extraordinarias proezas de los atletas. Estos han debido contender fuertemente para obtener plazas en la mayor fiesta deportiva mundial.

 

Por eso, creo que el mayor éxito de los juegos estará en la confraternización, en la pugna fraternal, en el reconocimiento del valor y la dedicación. Las ideas propugnadas por el barón Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, alcanzarían su mayor esplendor si los puntos calientes del planeta decidieran darse un asueto. Y qué haya paz. Que podamos disfrutar a nuestros mejores deportistas y verlos ganar, pero sin antagonismos radicales. Una competencia no es una guerra, el atleta contrario no es un enemigo.

 

¿Seremos capaces de disfrutar los éxitos del mejor deportista, del más talentoso, aunque no lleve nuestra bandera? ¿Podremos vivir los Juegos Olímpicos con pasión y, al mismo tiempo, con generosidad hacia los demás?

Intentarlo trasciende lo estrictamente deportivo. Se trata de la vida. De cómo hemos decidido llevarla. Mitiguemos la idea de vencedores y perdedores. Demos paso a los valores y las actitudes para alcanzar una convivencia verdaderamente armónica.