No hay nada malo en pretender ser líderes. El concepto no debe relacionarse necesariamente con la ambición y el dominio. Habiendo nacido en Cuba, esto me resultaba complicado, pues en mi juventud solo relacioné el liderazgo con la política. Pero, por suerte, estaba equivocado. Crecí pensando que líder era quien aceptaba un cargo público. De ahí que luego me costara trabajo reconciliarme con el término. Cuando dejé marchar los preconceptos y los desligué de la política, entendí que he sido líder en muchas etapas, sin proponérmelo. Solo por intentar hacer siempre lo mejor y ser consecuente con mis propósitos, tratando de interpretar el sentir de otros.

 

Los líderes auténticos son simplemente personas que no siguen a la manada, con el perdón del que pueda sentirse ofendido. En cualquier caso, son ellos los líderes de la manada, con poder para transformar los destinos de un grupo o comunidad.

 

Todos tenemos talento para el liderazgo, da igual el ámbito de nuestras vidas. El liderazgo no se hereda, todos podemos desarrollarlo, allí donde estemos. Antes, el poder de influir estaba limitado a las posiciones tradicionales: el patriarca y la matriarca, en las familias; el sacerdote y el pastor, ante sus feligreses; el maestro frente a sus alumnos; el empresario con sus empleados, y, por supuesto, los políticos con las masas.

 

Sin embargo, el concepto tradicional de liderazgo ha sufrido importantes transformaciones por la democratización de la información. Por ejemplo, las redes sociales permiten expresar fácilmente nuestras ideas, promoverlas y casi ser líderes globales desde un teléfono móvil. Aunque sin perder de vista que no seremos más líderes por acumular millones de seguidores en Twitter. El asunto trasciende los números. Si nos miramos por dentro y desarrollamos una vida espiritual, si apelamos a la sabiduría universal, nos convertiremos en líderes sin necesidad de reclutar a nadie. Ellos irán sumándose a nuestra guía.

 

Leyendo a Deepak Chopra comprendí que convertirse en líder no es imponerse ante el grupo, sino ser su voz, su alma. Este es un proceso que ocurre de manera espontánea, mientras damos dirección y propósito a la vida.

 

En mi caso, entrevistar a gente exitosa me ha permitido aprender mucho, a ellos debo parte de lo que hoy soy. Cada conversación tiene un beneficio muy alto: escucho, aprendo, valoro lo que confiesan. He entrevistado a líderes de muchos universos. Por ejemplo, Roberto Kriete, CEO de la aerolínea TACA, continuador del legado de su abuelo en El Salvador, es un verdadero visionario. ¿El secreto? Ha escuchado su llamado en la vida, sabe oír a quienes le rodean y lidera un proyecto con respeto ganado. También conversé con Michelle Bachelet, la expresidenta chilena, quien satisfizo sin vacilación su propósito de servicio público, escuchó las peticiones de los ciudadanos y gobernó su país de forma conciliadora. En su entrevista en «Cala», por CNN en Español, Bachelet demostró que disfruta sirviendo a los demás y recibe mucho por lo que ofrece.

 

Un líder verdadero no puede soslayar el poder de escuchar. Una de sus capacidades más grandes sería escuchar a la gente, a los asesores, a los detractores, a los aduladores y a los críticos. Es difícil desarrollar el proceso de escucha sin prejuicios. Debemos conseguir el estado más limpio posible para colocarnos en el lugar del otro. Es difícil, repito, porque los seres humanos estamos programados, desde la infancia, para juzgar, temer y desconfiar.

 

La realidad es que podemos trabajar las capacidades de liderazgo negadas en cualquier otro momento. Un líder verdadero acepta a los demás sin resultados anticipados. Cuando amamos sin condiciones, lo hacemos desde el corazón, con inteligencia emocional, para conectarnos con la sabiduría universal. Así anulamos cualquier posibilidad de duda limitante y desterramos el miedo. Ese es el amor de un líder.