Este jueves 28 de noviembre celebramos en Estados Unidos el Día de Acción de Gracias, una tradición típica de este país; inmediatamente después dan inicio las Navidades. ¡Esas son fiestas universales! ¿Qué tienen en común ambas celebraciones? La familia.

En la nación norteamericana la tradición del Día de Acción de Gracias data de 1621, cuando un grupo de familias peregrinas se reunió con sus invitados indígenas en Plymouth, Massachusetts, para “dar gracias a Dios” por el éxito de la cosecha y, a la vez, disfrutar de una apetitosa comida cuyo plato principal era el pavo.

Las Navidades se enlazan con las galas de despedida del año viejo y la llegada del nuevo, son fiestas de origen religioso cuya intención inicial era festejar el nacimiento de Jesús de Nazaret el 25 de diciembre, propósito aún valido para los cristianos.

Sin embargo, han devenido celebraciones mundanas matizadas por la música, el baile, la parranda y, lo más importante, por la unidad y el amor familiar. Las Navidades se han convertido en la época idónea para compartir con las personas más allegadas.

Cito al maestro John Maxwell, quien afirma que “estas tradiciones tienen el valor adicional de crear continuidad dentro de la familia”. No hay festejos navideños ni Día de Acción de Gracias plenos sin unidad familiar.

El amor filial en muchas ocasiones es el soplo que echa a volar los sueños. No pocos, impelidos por ese soplo, nos alejamos para iniciar el recorrido por la vida en pos de esos sueños que son también los de nuestra familia. Esta ausencia, aunque duela, vale la pena y no tiene por qué atentar contra la unión ni el amor familiar, todo lo contrario.

Me viene a la mente una pieza del cantante y actor italiano Domenico Modugno. A algunos les puede parecer cursi, pero tiene mucho de verdad. Entre sus versos dice: “la distancia es como el viento, apaga los fuegos pequeños pero enciende aquellos grandes”.

Es cierto que nos privamos de participar juntos en momentos hermosos que deparan el Día de Acción de Gracias y las Navidades, pero espiritual y emocionalmente continuamos unidos, sobre todo cuando luchamos por nuestros anhelos y por el bienestar de todos.

Ambas celebraciones seducen por su encanto y, a pesar del jolgorio, en ellas prima la magia de la espiritualidad. Dejémonos atrapar por ese sortilegio, y siempre nos sentiremos cerca de nuestros seres queridos, a pesar de los kilómetros.

Vivamos a plenitud cada instante. Es cierto que son dulces y amargos a la vez, y es normal que coquetee la melancolía, pero nunca la frustración o el miedo a seguir. No suframos eternamente una despedida pasajera, enfoquemos la mirada en el futuro, aun más en esta época del año; disfrutemos la conquista de nuestros sueños y, desde ya, el reencuentro.

La distancia, cuando encierra lo útil, es necesaria. Nunca es obstáculo para que una familia unida por el amor, como reza un proverbio africano, esté siempre dispuesta a comer en el mismo plato.

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