Demóstenes fue un gran orador ateniense nacido casi cuatrocientos años antes de Cristo. Al principio de su carrera tenía un serio defecto en el habla: no podía pronunciar la “erre” y la gente muchas veces se reía cuando hablaba en público. A pesar de esa limitación, vivía convencido de que su mensaje era preciso, sentía la necesidad de serle útil a Atenas con su oratoria.

Con el propósito de vencer ese obstáculo físico, ejercitó la voz, practicó sin descanso hasta que perfeccionó su dicción. Vencido el problema y dueño de un poder de expresión oral extraordinario, se convirtió en un orador tan efectivo que el poderoso Filipo II de Macedonia, enemigo acérrimo de Atenas, admitió: “Temo más a Demóstenes en la tribuna que a un ejército formado en batalla”.

Cuento esta historia para dejar sentado, una vez más, el poder de la palabra, la real importancia de la oratoria o arte del buen hablar, que no solo debe ser dominada por los que utilizamos la voz como instrumento de trabajo, sino por todos. Saber hablar es un elemento esencial en nuestro andar por la vida.

Saber expresarse, darse a entender, es una necesidad de todos, por cuanto vivimos en sociedad y requerimos la máxima comunicación con los demás: en el seno familiar, entre amigos, en el trabajo, en cualquier parte en que nos encontremos. La comunicación es un arma básica en el desarrollo del ser humano y la palabra es su contrafuerte.

No hablo de una voz más o menos aguda, más o menos brillante, o de tratar de lograr la dicción perfecta por la que tanto luchó Demóstenes. Me refiero a estar preparados para pronunciar la palabra correcta en el momento correcto, con el tono y volumen ajustados, y la gestualidad adecuada. Dominar el arte del buen hablar, aunque parezca paradójico, también es callarse la boca cuando no hay nada que decir.

Reza un proverbio indio: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”. Como siempre, la sabiduría de ese pueblo reluce. Una persona derrocha inteligencia cuando, no teniendo nada que decir, no dice; solo escucha y aprovecha lo que dicen los demás. Larry King, el gran entrevistador norteamericano, me confesó en una entrevista que nunca aprendió nada mientras hablaba.

Pero el arte del buen hablar no solo es sonoro, también tiene mucho de mímica. Cuando hablamos, acompañamos las palabras con gestos, el llamado lenguaje corporal, que reafirma o no lo que decimos. Desde nuestra postura hasta el más sencillo gesto facial, pueden ayudarnos a ser más verosímiles.

Saber hablar, decir las cosas con credibilidad en el momento oportuno, alejado de todo engaño e hipocresía, incrementa el prestigio personal y profesional, y enaltece el autoestima. No obstante, el prestigio como seres humanos no toma cuerpo si nuestras acciones no están acorde con lo que decimos. La cuestión es saber decir y saber hacer.

Me despido con Demóstenes nuevamente. Él, todo un maestro de la oratoria, supo defender una posición cardinal: “Las palabras que no van acompañadas de los hechos no sirven de nada”.

Foto por: Andrew Mohrer