En nuestra niñez escuchábamos historias sobre héroes y heroínas que salvaban el mundo, casi mágicamente, y de villanos y villanas que lo querían destruir todo. Estas historias se han repetido a lo largo de nuestra vida. Ahora hemos crecido, pero seguimos siendo bombardeados con anécdotas de héroes y villanos.

 Ya no necesitamos cuentos de hadas para encontrarlos, pues los tenemos a diario junto a nosotros. El problema es que, muchas veces, solo atendemos a los villanos, y no a los héroes comunes que caminan por ahí, haciendo que cada día sea mejor.

Tal vez no salven al mundo, sino a una cuadra de la vecindad, un animal perdido, un niño con hambre o a una persona desvalida. Esos héroes casi anónimos probablemente están en cada casa, en cada pequeño e ínfimo lugar del planeta. No andan con capas ni vuelan por los aires. Son como usted y como yo. Pero lo más increíble es que quizás hemos sido héroes y ni siquiera nos hemos dado cuenta.

Dice un viejo refrán que «nada es verdad y nada es mentira, que todo depende del cristal con que se mira». Así podríamos definir el asunto de los héroes y los villanos. Todos, en algún momento de la vida, hemos sido héroes y —por qué no— también villanos, según la historia que estemos escribiendo en ese momento.

Nada es eterno. Creo que todos «jugamos» diferentes papeles, según vamos creciendo, el lugar en el que estemos y la posición que tengamos. Todo, absolutamente todo, es relativo. Por eso es tan difícil imaginarse un mundo en el que la verdad sea absoluta, porque su verdad y la mía pueden ser muy diferentes entre sí.

Creo que la historia hay que escribirla y reescribirla, una y otra vez. No podemos dar por hechas las cosas, sin mirarlas dos veces. Cada ser humano tiene una percepción de su vida, su historia y sus vivencias, y eso lo convierte en verdad. Esa verdad se llega a hospedar en el corazón y en la mente y se vuelve inamovible. Simplemente se queda ahí y después se convierte en recuerdos.

¿Cuántas veces habremos juzgado mal a una persona, simplemente porque se creó una mentira alrededor? ¿Cuántas veces vimos como un ogro al profesor estricto del colegio, pero cuando llegamos a la Universidad se convirtió automáticamente en un héroe, porque gracias a él habíamos aprendido a estudiar, a trabajar y a ser responsables?

Lo único importante es que no tenemos derecho a juzgar, porque no nos toca. Ni siquiera a nosotros mismos. Lo único que nos toca es ser felices, amar, sonreír a la vida, amar al prójimo, luchar por la verdad, la esperanza, la fe y por la oportunidad de dar y darnos un mundo mejor, más generoso y humano.

Vivir con intensidad cada segundo de vida, pero también con responsabilidad. Vivir en un mundo en el que todos somos héroes y villanos, maestros y aprendices. Parafraseando a uno de mis cantantes predilectos, Joaquín Sabina, diría: «Que el fin del mundo te pille bailando (…), que el corazón no se pase de moda (…), que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentiras (…), que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena, que no te duermas con cuentos de hadas». ¡Mucho polvo de estrellas!

* Este artículo se publica por cortesía de la Casa del Ángel, Costa Rica. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.