En esta ciudad japonesa se respiran varias dualidades: el recuerdo del horror nuclear, pero también la modernidad y la gentileza de su gente.

Japón posee una cultura rica y muy variada, también marcada por la modernidad y la tradición: ciudades masificadas repletas de luces y ruidos con pacíficos y bellos jardines, o también se puede ir en el metro repleto de gente, y no oírse ni un solo ruido.

Algo similar se podría decir de Hiroshima: nos evoca imágenes de destrucción y muerte, pero hoy es una ciudad símbolo universal de la paz. En la “zona cero”, donde se produjo la explosión de la primera bomba nuclear en 1945, que mató a 166.000 personas y provocó una gran devastación, hoy se encuentra el Peace Memorial Park.

Esta es una bella y armoniosa zona verde, rodeada por dos ríos, y en la que asoma la semidestruida estructura del único edificio que soportó la bomba, declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Aquí se concentran numerosos monumentos por la paz, que recuerdan los terribles sucesos y homenajean a las víctimas a través de diferentes esculturas, fuentes y cenotafios. En el lugar se encuentra la Llama de la Paz, encendida desde 1964, que mantiene su promesa de no apagarse hasta que se destruyan completamente todas las armas nucleares.

Dentro del complejo se encuentra también el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, donde se muestran con gran dramatismo las terribles consecuencias de la catástrofe nuclear, en una interesante disposición secuencial.

En la primera sala se muestran muy objetivamente los excesos y abusos del ejército japonés, y los antecedentes que llevaron a Japón a ser el primer objetivo militar nuclear. Luego enseña las consecuencias a través de terribles fotografías, diferentes objetos —como un reloj que se paró a las 8:15, hora de la detonación—, numerosas historias contadas en primera persona y las terribles consecuencias que experimentaron los supervivientes, debido a la radiación nuclear. La visita no es apta para personas muy emotivas, ya que muestra imágenes e historias de gran intensidad y dureza.

Pero Hiroshima tiene más que ofrecer. Es una ciudad moderna, como otras en Japón, llena de altos edificios y modernos centros comerciales, que además se recorre cómodamente gracias a sus tranvías. Las gentes que pueblan la ciudad transmiten la misma paz y serenidad, dando a los visitantes un trato amable y amigable. Tanto es así, que posee una red de voluntariado de personas mayores, en lugares como la estación de trenes, para ayudar y orientar a los turistas.

Después de las intensas emociones experimentadas en la visita anterior, se puede continuar el recorrido en Shukkein, el literalmente traducido “jardín del paisaje encogido”, muy en la línea de los típicos paisajes en escala reducida de Japón. Allí se pueden ver bonitos puentes, pequeños estanques y casas de té. Fue inaugurado en 1620 y reconstruido después de los trágicos sucesos, y posee un sendero circular que recorre todo el complejo.

Cerca del Jardín, se encuentra el Castillo de Hiroshima, originalmente construido en 1589, y reconstruido después de la explosión.

A una hora de Hiroshima, se encuentra Miyajima, una bonita isla que alberga otra de las grandes imágenes de Japón: el imponente Torii del santuario de Itshukushima, situado en la playa, y que sumerge su base en el agua cuando sube la marea. En la isla se puede pasear por las calles contemplando la arquitectura tradicional japonesa, comer unas deliciosas ostras, y ver los numerosos ciervos que deambulan amigablemente en ellas. También se recomienda hacer senderismo y ascender al monte Misen por unos fáciles caminos, en los que se van descubriendo exóticos templos y unas impresionantes vistas de toda la isla. Se trata de una experiencia muy recomendable.