Él es despistado y no le gusta o no le interesa limpiar después de ensuciar. Ella, por el contrario, es disciplinada, ordenada y un tanto ansiosa. Ella ordena, él ensucia; ella se enfada, él le grita ofendido. Discusión, reconciliación y dos días después, otra vez lo mismo.

Lo que al comienzo de la relación parecía algo insignificante, -pequeñas desavenencias que podían pasarse por alto fácilmente-, poco a poco se convierte en dificultosos escollos que complican la vida en pareja. Y cada quien apunta con el dedo índice al otro como verdadero “culpable” de uno, varios o todos los problemas que los aquejan.

A pesar de que los roles pueden invertirse, los expertos sostienen que lo más común es que la mujer adopte el papel de figura responsable en el ámbito doméstico, mientras que el hombre tienda a despreocuparse de las obligaciones hogareñas, una situación que suele traer consigo constantes reproches. La mujer culpa al hombre por el caos en el que viven y él la culpa por fomentar su inercia con tanta recriminación.

En Saving Your Marriage Before It Starts, los doctores Les y Leslie Parrot señalan que aquel que culpa al otro critica sin parar y tiende a generalizar.  Siente que la mejor defensa es un buen ataque, porque es incapaz de expresar dolor o miedo y porque “proyecta” sus propios defectos en su pareja. Por su parte, el psicoterapeuta británico John Rowan publicó un artículo en el British Journal of Guidance & Counselling en el que defendía que el hombre que es acusado con frecuencia por su mujer cree que está siendo sometido a un chantaje emocional.

Cuando un hombre se siente criticado  por su pareja, suele ocurrir que, en lo que a él respecta, ella tiene toda la culpa. Se trata de algo malo que ella le está haciendo que lo conduce a la ira o el resentimiento. Entonces, para dar el diálogo por concluido, en medio de su impotencia, suele decirle a su mujer algo como: “Eres una loca” ( o “bruja” o “histérica”). Y dado que es ella la que tiene el problema, debe ser ella la que cambie. Aquí opera el mecanismo de “descalificar” al contrincante y, por ende, nada de lo que diga será escuchado.

Asimismo, la mayor parte de los hombres asume que tiene el derecho de determinar el curso de la conversación y su marco de referencia, dado que el sexo masculino suele evitar, por regla general, la expresión de sentimientos y las discusiones problemáticas. Así que, “protestar” ha sido definido como lo que las mujeres hacen cuando el hombre decide que la conversación ha terminado.

Y, como era de esperarse, la perspectiva femenina es contrapuesta: Para ella,  él es el causante de todos sus males. El no la escucha porque es un egoísta al que no le importan sus sentimientos, él la califica de “loca” cuando el loco es él;  no se interesa en oírla porque cree que siempre tiene la razón, él no está dispuesto a considerar sus sugerencias porque no cree que tiene ningún problema y porque no quiere cambiar…él no la comprende porque, en el fondo, no la ama…

 Como una posible solución es imperativo dejar de lado el ataque proveniente de afirmaciones que empiezan con “tú” (tales como “te portas siempre igual y no cambias con nada”) a favor de las que comienzan con “yo” (“siento que me estás ignorando aunque mi percepción podría ser incorrecta”). También resulta importante aceptar las diferencias que separan a ambos sexos y, sobre todo, pedir disculpas cada vez que sea necesario.

Situarse en el lugar del otro y aprender a controlarse (ya sea siguiendo ese pacto implícito establecido en la relación, ya sea atajando los accesos de ira) es uno de los grandes retos que se plantean todas las parejas, sin importar los años que lleven juntos. De establecer una comunicación basada en la confianza y no en el reproche, dependerá -en parte- el éxito de su matrimonio en el futuro.

GQI-CeciliaAlegria

Alegría, La Doctora Amor. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.