La vida es bella es una conmovedora película, filmada hace ya unos años por el italiano Roberto Benigni, por la cual, aun antes de verla, ya sentía un atractivo especial gracias a su hermoso título. Te confieso que cuando la vi cumplió todas mis expectativas. Salí del cine, me detuve en medio de la muchedumbre y respire profundo, embriagado por el deseo de vivir que de ella emana, a pesar de lo triste de su historia.

¿Cómo es posible que no disfrutemos siempre la belleza de la vida?, me pregunté. Pero la interrogante fue más allá: ¿Cómo es posible que no hagamos, en cada momento, todo lo que está a nuestro alcance para que sea más bella, más feliz para todos? El mensaje de Benigni es claro, no hay que ser un erudito del cine: hasta en las peores situaciones podemos luchar por ser felices.

La felicidad es un reto, y de nosotros mismos —de nadie más— depende encararlo y vencerlo. ¡No podemos esperar de otros la dicha propia! Cuando la logramos, además de disfrutarla, tenemos la satisfacción de contribuir a la felicidad de los demás: familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, de todo aquel que nos rodea. La felicidad, como la risa, es contagiosa.

No basta con despertarnos cada mañana y agradecer a Dios o a la naturaleza por regalarnos un día más de vida. Además de agradecer, deberíamos levantarnos con ánimo de engrandecer. Nunca salir a esperar un golpe de suerte, sino a dar el frente a la realidad, por muy adversa que parezca, con el afán de ser útiles y aceptar cualquier desafío que nos imponga la existencia.

Es mi costumbre citar puntos de vista de personalidades universales. Siempre los utilizo como apoyo, pues considero que nada ofrece más confianza que una idea o criterio de un talento de la humanidad. Sin embargo, hoy necesito hacer lo contrario. Sin presumir de suficiencia, voy a discrepar nada menos que de Voltaire, el gran filosofo y escritor francés.

Dice Voltaire: “Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”. No sé qué piensas tú, pero yo no comparto ese parecer.

Vivo convencido de que la felicidad ya radica en el mismo hecho de existir. Solo hay, como dije al principio, que proponerse engrandecerla. Y la única manera es a través del esfuerzo cotidiano, convencidos de hacia dónde vamos y de los objetivos que esperamos. En resumen, proponernos un sueño, luchar por él, lograrlo y conquistar el éxito.

Ahí está la verdadera felicidad.

Embobecidos o mareados, en medio de una realidad distorsionada, quizás algún sorbo de agua mitigue la sed, pero será difícil, por no decir imposible, descubrir y zambullirnos en el fresco manantial de la felicidad.

Foto: Spinool