Hace poco cumplí uno de los grandes sueños de mi vida: visitar la India, el séptimo país más extenso y el segundo más poblado del mundo, después de China. Aún permanecen en mí sus olores, una combinación de sazón picante, curri, sándalo y multitud; sus contrastes sociales, colores y ruido interminable.

La India es una nación de grandes diferencias. Allí conviven, junto a las más arraigadas tradiciones milenarias, algunas incomprendidas por los visitantes, los últimos adelantos de la ciencia y la técnica. Es una potencia nuclear en la que cohabitan pobreza y opulencia.

La disparidad se acaricia a simple vista, pero solo unos días de visita no me arman de argumentos, ni mucho menos de potestad, para evaluar el por qué de esas enormes desigualdades. La India es un país único, y su población, de más de 1.200 millones de habitantes, es también singular.

Imposible, en apenas una semana, acostumbrarse a la idea de ver vacas sueltas por las calles, monos saltando de techo en techo o que el auto traspase, en medio de la vía pública, a un elefante conducido por su guía. Ir a la India es ver al mundo de otra manera.

Si tuviera que emitir un punto de vista definitorio sobre esa nación, sin pecar de presumido, asumiría las palabras del gran escritor norteamericano Mark Twain, cuando dijo: “A mi juicio, nada ha sido dejado sin hacer, bien sea por el hombre o por la naturaleza, para hacer de la India el país más extraordinario que ilumina el sol”.

¡Bajo su sol, el visitante siente que todo es extraordinario! No se equivoca el autor de Huckleberry Finn. Es una tierra tan asombrosa que, hasta en medio de la más brutal pobreza, sobresale la sonrisa. Su gente ríe, es amable y cortés, sin importar a cuál casta pertenece.

Es una nación dividida en castas y se hace muy difícil, casi imposible, pasar de una a otra. ¡Así naciste, así has de vivir! Para nosotros, no es fácil entenderlo, pero ellos lo asumen con conciencia, movidos por el influjo de su cultura milenaria.

En mi columna de fin de año expresé que en la India “la espiritualidad tiene la fuerza del caudal del Ganges”. Esa espiritualidad provee las energías para soportar los peores momentos y disfrutar los mejores, sin importar la religión que se practique. Junto a los hinduistas, el credo mayoritario, conviven católicos, budistas y musulmanes, pero en todos prima, en sentido general, el espíritu majestuoso que emana de las raíces de esa extraordinaria nación.

Hay mucho que decir de la India. Se necesita no poco espacio y tiempo para describir las emociones que provoca una visita al Taj Majal, ese gran monumento al amor, relatar una ceremonia religiosa o una de las tantas cremaciones a la orilla del Ganges.

También para ensalzar el encanto de sus palacios, el sabor de su cocina, muy sazonada y picante, pero siempre apetitosa; su temor a la violencia extremista y su agradecimiento a la vida, a pesar de la pobreza de muchos.

Asumo que tengo una cuenta pendiente con ese inmenso y maravilloso país y, por supuesto, con su gente. Algún día volveré. No digo que para cambiar mi punto de vista sobre la vida, pero sí para tratar de comprender otra manera de enfocar nuestra permanencia en el mundo.

La visita en imágenes: