No. La foto del expresidente Evo Morales no aparece en la portada de mi libro «El analfabeto emocional», como aseguraba una falsa noticia ampliamente distribuida en Bolivia en estos días. Resulta asombroso el tiempo con el que cuentan algunos para inventarse historias y convertirlas en tendencia.

Afortunadamente, la iniciativa Bolivia Verifica se ocupó de desmentir la historia. Al igual que hizo AFP Verifica con el poema «Esperanza», del presentador y comediante Alexis Valdés. Una campaña malintencionada primero atribuyó el poema a Mario Benedetti y luego a una supuesta autora del siglo XIX. Ni una cosa ni la otra.

Por ello, si alguien hoy me informa una noticia importante, solo atino a preguntar: ¿quién lo publica? ¿Cuál es la fuente? Es decir, antes de evaluar el supuesto acontecimiento, quiero saber de dónde viene, si lo publica un solo medio (y cuál) o si ya es de general conocimiento.

Es lo mínimo que deberíamos hacer al enterarnos de un hecho, por cualquier vía, antes de compartirlo o tomar decisiones. Sencillamente, porque hay bulos y fake news que incluso matan, sobre todo durante una pandemia como la que padecemos.

En España, uno de los epicentros del Covid-19, se reenvió masivamente la foto de siete niños muertos. A su lado, un texto aseguraba que habían fallecido tras probarse en ellos una nueva vacuna contra el coronavirus. Mientras llegaba el desmentido oficial, el bulo había volado hacia todos los confines.

De acuerdo con la Red Internacional de Verificación de Datos, nunca antes se vio algo así. En Argentina, durante la campaña electoral, se detectaron 100 noticias falsas en unos 10 meses, con 150 medios involucrados. Ahora, con el coronavirus, la cifra se ha multiplicado por 350, dijo Cristina Tardáguila, directora asociada de la organización, al periódico «Expansión».

Siempre han existido medios especializados en la mentira (y lectores gustosos de las teorías sin verificar). Sin embargo, ahora que todos somos «medios», ¿asumiremos la responsabilidad que las nuevas tecnologías han depositado en nuestras manos?

Según los expertos, la mayor parte de las fake news nacen en laboratorios de desinformación pagados por gobiernos, partidos u otras organizaciones. Se fabrican con objetivos políticos, para sembrar el caos, movilizar o desmotivar, según el caso. Pero, sinceramente, ellos no existirían sin nosotros. Si un algoritmo nos muestra una mentira, ¿cuál es nuestra capacidad de discernimiento? Ante la duda, ¿cómo nos atrevemos a dar like o compartir?