Lograr el éxito es señal de que se ha luchado. Sin embargo, todos los que luchamos no conseguimos saborear el triunfo. Son incontables los obstáculos que se nos pueden interponer entre los sueños y el éxito, siempre es sinuoso el camino de la vida, sobre todo si nos atrevemos a soñar en grande.

Es sustancial conquistar anhelos, eso es innegable. Disfrutar de una conquista tras un intenso bregar es uno de los placeres más sublimes de la existencia humana, pero también es trascendente el esfuerzo, el vivir convencidos de que hemos echado al ruedo todas las energías y la inteligencia de que disponíamos y que, de una u otra manera, hemos sido útiles. Eso reconforta.

Luchar y no lograr el éxito no significa que seamos unos fracasados, ni mucho menos unos derrotados. Quiere decir que no alcanzamos el escaño que anhelamos, pero que, a pesar de todo, escalamos hasta niveles superiores y ya no somos los mismos de antes. Quiere decir que somos mejores. ¡Siempre el esfuerzo inteligente y voluntarioso nos hace mejores seres humanos!

Es real que “no llegar” arrastra sinsabores, pero no nos convierte obligatoriamente en seres mediocres. Ya somos útiles desde el momento en que legamos un ejemplo positivo a la vida: otros podrán utilizar ese legado en beneficio propio y “llegar”. Entonces, nosotros también estaremos “llegando” con ellos.

Lo más pernicioso a la hora de enfrentar un fiasco es tratar de justificarlo a capa y espada, echarle la culpa a otros y dejar de reconocer los éxitos ajenos. Es dañino porque, aunque no lo seamos, ese actuar tiende a inclinarnos hacia el bando de los mediocres, de aquellos cuyo espíritu es negar los logros de los demás. Como bien señala el escritor francés François de La Rochefoucauld, “suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance”.

La mediocridad es insana. Desde mi punto de vista, muchas veces sale a recorrer el mundo de manos de la envidia. Y aunque no es uno de los conocidos siete pecados capitales, es tan dañina como cualquiera de ellos, por cuanto combate la inteligencia humana, el más noble de los regalos divinos o de la naturaleza.

La mediocridad inmoviliza, impide el desarrollo de las mentes abiertas, no reconoce la grandeza ni siquiera de aquellos que la lograron a base de esfuerzos.

Luchar siempre por el bien propio y por el de los demás es la más incisiva manera de no dar cabida a las ideas de los mediocres. ¡La inteligencia humana puede luchar y fracasar! La mediocridad no lucha. Sin embargo, para preocupación de todos, puede no fracasar.

Foto:  Sol Cardona