Lucir a la moda es la manera más genuina de identificarse con el ahora mismo. Es pretender conquistar la cúspide de la modernidad rindiéndole culto al presente. ¡Por esas razones la moda es efímera!

 

No es malo estar a la moda, lo pernicioso es dejarse arrastrar por ella, es vivir agobiado por las tendencias momentáneas del mercado, es hacerle el juego a la publicidad que emana incesantemente a la hora de imponer un estilo o una tendencia. Lo peligroso es ser esclavo de la moda.

 

Su blanco fundamental son los jóvenes, sobre todo los adolescentes. Esa es una etapa de cambios, de experimentos, en la que se siente confusión ante la vida. El adolescente comienza a abrirse paso y busca su verdadera identidad, tanto personal como social y nunca deja de perseguir lo novedoso. ¡Nada más novedoso que la moda!

 

Esa tendencia es reforzada por los adultos, sobre todo por los padres, quienes convierten cada regalo o reconocimiento, merecido o no, en objetos materiales que siempre llevan consigo el llamado cuño de lo moderno, o sea, el último grito de la moda. No me refiero solo a prendas de vestir o a adornos para el cuerpo, incluyo también todo tipo de andariveles, sobre todo electrónicos, que en un par de meses ya dejan de ser novedosos, teniendo en cuenta el indetenible desarrollo tecnológico.

 

Quien se deja asediar por la moda, se convierte en esclavo de un presente perecedero que, como primera consecuencia, hace más largo el pasado. Para personas así, la semana anterior ya es un anacronismo y corren el riesgo de no incorporar lo sustancioso de aquellos tiempos a su andar de hoy y, mucho menos, a sus perspectivas para el mañana.

 

La moda, cuando no se toma con el juicio que merece toda acción en la vida, nos puede convertir en seres superfluos, amarrados a una estética desligada de los verdaderos propósitos para los que Dios creó al ser humano.

 

No quiero decir que los grandes iconos de la moda trabajen con esos propósitos. Sería injusto. La inmensa mayoría de ellos son personas exitosas, que han luchado por sus sueños, que han ido en pos de sus anhelos y lo han logrado haciendo lo que más les agrada. Solo por esa razón, ya se convierten en personas dignas de admiración.

 

Todos disfrutamos de un espectáculo de modas, es un colirio para la vista y un soplo de aire fresco para el alma. ¡El alma también disfruta los placeres estéticos! La moda es efímera, repito, pero tomada con la responsabilidad requerida para cada acto en la vida, puede convertirse en una reafirmación de la personalidad y de los tiempos que corren. Nos ubica en tiempo y espacio.

 

¡La moda nos bautiza como personas de nuestros días!