“A los padres siempre se les hace caso”. Ésa es la primera gran lección que aprendemos en la vida. Cuando somos pequeños nos preparan la mente para obedecer cada uno de los consejos y mandamientos de nuestros padres. Es positivo que sea así, por cuanto la disciplina crea la base para la educación de los hijos, y también los protege. Un niño obediente es tranquilidad para mamá y papá.

Con el paso del tiempo, muchas veces los papeles cambian. Cuando los padres son ancianos, somos los hijos quienes exigimos obediencia y, en ocasiones, utilizamos hasta el mismo regaño “amenazante”, del que muy pocos escapamos cuando fuimos chicos. Oyes decir: “Papá, no hagas eso. Te lo he dicho mil veces”. O “mamá, dile a papá que se tome la pastilla o se las verá conmigo”. Aunque es grande la vida, en pocos años da un giro completo.

Esa exigencia de una y otra parte, en diferentes momentos de nuestra existencia, es muy hermosa porque brota del cariño. Además, nos deja un mensaje: nacemos y morimos obedeciendo. Pero, ¿qué sucede durante ese tramo en que no estamos bajo la égida de los padres ni de los hijos? ¿Cómo manejamos la obediencia mientras somos adultos y luchamos por nuestros sueños?

Apelo a la sabiduría del obispo y filosofo San Agustín, quien en una época muy temprana, como el siglo V de nuestra era, predicaba: “Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan”. El legado de San Agustín trasciende por mucho el ámbito religioso, dentro del cual desarrolló su obra. Era un ferviente seguidor de Jesucristo, a quien consideró su maestro.

Cuando nos independizamos, todo cambia. Toman cuerpo las palabras de San Agustín porque, a partir de ahí, depende de nosotros, de nadie más, decidir a quién obedecemos y a quién no. Sin embargo, nunca debemos eliminar la idea de que nacimos para aprender a obedecer. Somos animales racionales, y la necesidad de trazar pautas e imponer límites, con el objetivo de vivir en un mundo ordenado, ajeno al caos, nos obliga a hacerlo.

Si de mayores decidimos estudiar, tenemos que acatar las disposiciones de los profesores; si trabajamos, existe un jefe cuyas órdenes hay que cumplir, nos gusten o no; si conducimos un auto, hay que respetar las señales de la vía, a pesar del apuro y la agitación de la sociedad moderna; si practicamos una religión, reverenciamos sus dictámenes espirituales. Y así sucede con todo o casi todo. Sin darnos cuenta, nuestra vida transcurre bajo el manto de la obediencia.

¿Es ilimitada nuestra disposición a obedecer? ¡No lo es! Todo tiene su límite y la obediencia termina, o debe terminar, cuando ésta implica subordinar la conciencia y la espiritualidad. Cuando comenzamos a desobedecer nuestros propios sueños. Si la mantenemos, se convierte en sumisión, y esa actitud es dañina.

Al jefe lo obedecemos. Él traza pautas de trabajo y exige, pero no tenemos que ser sumisos, sino sencillamente disciplinados. Un niño acata a veces las órdenes de sus padres porque sabe que le conviene, tiene una inteligencia natural increíble o por cariño. Pero, en muchas ocasiones, en su yo interno prevalece la rebeldía, la inconformidad por hacer algo que no le place. Obedece, pero no es sumiso; eso mismo sucede cuando somos disciplinados y obedecemos las reglas del jefe.

Lo pernicioso es obedecer a los sueños de otro, a expensa de los nuestros. Hasta ahí la cultura de la obediencia. La disciplina no implica tener que cumplir la voluntad y los sueños ajenos. ¡Ése es el límite!

Foto: Spinool