Hace mucho tiempo comentaba con un amigo: “La decisión de tener tu primer hijo la haces porque tú quieres tener un hijo. La decisión de tener tu segundo hijo, ya teniendo la experiencia del primero y dándote cuenta que va mucho más allá de satisfacer tu propia inquietud de ser padre o madre, la haces porque quieres comprometerte a darle a la humanidad un nuevo y mejor ser humano”.

Esa era mi filosofía hasta ese día en que, este buen amigo me dijo: “la decisión de tener hijos debería ser todo el tiempo estar dispuesto a convertirte en un mejor ser humano” ¡Wow! Me encantó la definición. Los niños, tus hijos, ponen a prueba hasta el más oculto recoveco de tu personalidad, de tu paciencia, de tu amor, tus conceptos, tu capacidad de dar, de perdonar y mil cosas más. Siempre he dicho que son unos grandes maestros. Y con esta plática terminé de convencerme que, si nosotros los padres estamos a cargo de su crecimiento, desarrollo, educación, etc… ellos están a cargo de pulir nuestra alma: ¡tarea exclusiva de maestros!

En este camino en que creo que estoy “enseñando” a mis hijas, termino siempre dádome cuenta que quien más aprende soy yo.

Hace unos días fuimos con la familia a un restaurante que originalmente era tienda de ropa para caballeros, ahora los han unido y el almuerzo siempre es agradable allí. Mi hija mayor, Fernanda, en su incansable búsqueda de independencia me dijo: “Mamá, ¿me puedo adelantar y salir por la otra puerta? Te veo en el estacionamiento”. Por supuesto dije que sí y traté de quedarme a unos cuantos metros de distancia para darle su espacio y no perderla de vista. Sin embargo, ese día había llegado al lugar un grupo muy numeroso de personas que ocupaban una mesa de unas 25 personas, era enorme y muy alegre. Pero, por ser tan larga la mesa, tapaban la visibilidad de dónde estaba la puerta de salida, así que Fer, empezó a dar vueltas por toda la tienda de arriba abajo buscando la salida que no encontraba.

Al principio creí que se estaba divirtiendo corriendo de un lado para otro, hasta que me acerqué más y vi su cara de angustia. Le grité: “¡Fer! ¿Qué haces, linda?” y soltando el llanto al verme, corrió a abrazarme: “no encontraba la salida”. “Ah! No encontrabas la salida y ¿creíste que nos íbamos a ir sin ti?” le pregunté. “Si, mami”. Me agaché, le sequé sus lagrimitas, le di un beso y le dije: “mírame amor, ¿tú crees de verdad que yo podría irme dejándote aquí? Amor, eso no iba a pasar, yo estaba pendiente de ti”.

Y entonces fue cuando se me vino una gran idea para intentar ayudarla a manejar mejor esos pensamientos que muchas veces nos asustan:

Guapa, siempre hay otra historia. Cuando no encontraste la salida rápido, te inventaste una historia. Tu historia era que no nos daríamos cuenta que no habías salido y nos iríamos sin ti, ¿verdad? Ella asintió.   Había otra historia… la otra historia es que si hubiésemos llegado a la puerta y no estabas todos hubiéramos entrado a buscarte porque no nos iríamos sin ti. ¿Qué historia es más verdadera? Ella, empezando a dibujar una tímida sonrisa me dijo: “que no me iban a dejar” ¡ya ves amor! Siempre estamos inventando historias de lo que pasa y de lo que no pasa, pero recuerda que siempre hay otra historia. Busca siempre la otra historia y decide cuál de las historias es más verdadera y te hace sentir mejor.

En un par de ocasiones desde entonces en algunos momentos, cuando se enoja o se frustra, le vuelvo a recordar: Amor, busca la otra historia. Y ha resultado una estrategia bastante efectiva. Tanto que hoy en la mañana antes de irse al cole quería ordenar unos aplicadores de hilo dental para niños sobre la mesita de trabajo, sí, esa mesita que tiene pintura, goma, restos de viruta de lápices, etc. Así que le dije: Fer, mejor no juegues con eso, esos son para meterse a la boca y limpiar sus dientes, no deben estar en lugares tan sucios como esa mesita. Ella lo entendió y me dijo: ¡está bien, mamá! E inmediatamente se le iluminaron los ojitos y me dice: “oye, ¿y si traigo una hoja limpia para hacerlo sobre ella? Así no se ensuciarán! Mamá… siempre hay otra historia” jajaja ¿qué les puedo decir? ¡Me encantó su respuesta!

Así aprendí de ella que “la otra historia” no aplica únicamente para los pensamientos, es muy útil y se los recomiendo. Cuando empecemos a sentir miedo, enojo, tristeza o cualquier sentimiento que no nos deje con un sentimiento de paz, preguntémonos: qué historia me estoy inventando. En su gran mayoría nos daremos cuenta que ¡son historias inventadas! Y luego detengámonos a pensar: cuál es la otra historia… habrán muchísimas más y más apegadas a la verdad que la generalmente salta de primero.

Esforcémonos en buscar “la otra historia” estoy segura que nos maravillaremos de las alternativas que encontraremos para lograr nuestro objetivo, nos sorprenderemos de las múltiples opciones que siempre existen para ver una situación o una “limitante” será más fácil para nosotros ir eligiendo esas historias que suman, que nos fortalecen, que nos enseñan, que aportan.

GQI-TutiFurlan

* Cortesía de Iniciativa T. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.