Cada vez que me preguntan qué característica me define mejor, miro directamente a quien me interroga y respondo: No tengo miedo. Y siempre me agrada ver la cara de sorpresa de mi interrogador. Como si pensara que sería más bien el estilo, la moda, el desparpajo, el amaneramiento lo que esperaba por respuesta.

Me parece que hay que sentir miedo ante cosas que son más grandes que uno, como la naturaleza, por ejemplo. Y, también, creo que hay que diferenciar el miedo y el respeto. Yo respeto la espiritualidad, la fe que profesan los creyentes hacia sus creencias y respeto a la gente que lo provoca en mi interior. Pero no le tengo miedo a la adversidad, a los obstáculos, a los enemigos. Prefiero enfrentarme a ellos y además lo más rápido posible.

Con respecto a los enemigos, que crecen y crecen a lo largo de nuestro camino en la vida, pienso que no solo hay que enfrentarlos sino saludarlos, hasta con dos besos o un buen apretón de manos y preguntarlos cómo están, cómo se sienten. No hay nada que disminuya más el poder de la maldad que ponerle un espejo de frente. Los enemigos siempre se empequeñecen cuando les dices que no les temes, que los ves como uno más, no distintos ni amenazantes.

No le he tenido miedo al riesgo. Dos veces me he ido de mis dos países, España y Venezuela, en busca no solo de mejores horizontes profesionales, sino de mayor crecimiento personal. Creo que nada fortalece más tu cultura y personalidad que salir de tu zona de confort y arriesgarte al vacío, a lo nuevo, a lo diferente.

Cuando me marché de Venezuela, mi país de origen, ya había adquirido muchos reconocimientos profesionales como escritor, columnista y guionista. Mi país entró en un declive económico, político y social que hoy en día no ha hecho mas que profundizarse y yo sentí que no podía perder mi juventud sumándome a una situación que no iba a cambiar. Muchas personas insistieron en que cambiara de opinión y me quedara en el país para, según ellos, “luchar” por un cambio. Yo no me sentía convencido. Me ofrecieron un trabajo en España y acepté.

Dejé atrás a mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis objetos. Ningún amor porque nunca tuve mucha suerte en ese aspecto en mi país de origen. Era demasiado amanerado para chicos y chicas. Antes de marcharme, me detuve en la Plaza Altamira y mire hacia El Ávila, la montaña que identifica Caracas con sus habitantes. Y, allí parado, le dije a la montaña: Ahí te quedas. Yo me voy.

Claro que lloré, muchas veces, muchas noches cuando me levantaba en la mitad de la noche en Santiago de Compostela, la primera ciudad en la que viví en España. Pero en esa desolación aprendí a decirme: esto fortalece, esto me hará mas fuerte, más completo. No tengo miedo, me decía, no tengo miedo a lo desconocido, porque a través de lo desconocido he ido aprehendiendo los elementos que me han hecho la persona que soy hoy día. ¿Cómo los fui escogiendo, esos elementos? Sin miedo, asumiendo que lo que viene, viene y te deja algo y tienes que tener el suficiente valor para entenderlo. Y que lo que se va, también te deja un mensaje. Y es muy sencillo, todo vuelve, todo regresa y por eso las cosas no se van del todo, están siempre cerca para ayudarte a sacar una conclusión, adelantar un paso, subir un peldaño.

Muchos años después de mudarme de Caracas a España, ya asentado en España, casado, con una casa, con varios libros publicados, horas de televisión y radio a mis espaldas, una columna en un periódico como El País, volví a arriesgarme. Me invitaron a participar de un proyecto profesional en Telemundo, en Miami, y aunque esta vez sí tenia un amor, muy longevo y amado, conmigo, no lo dude. Volví a asumir el riesgo y la falta de miedo como la mejor manera de definirme. ¿Y, hoy, quién soy? Pues un escritor español/venezolano afincado en Miami, contento de poder escribir porque he vivido muchas experiencias que han puesto a prueba mi valentía. Y sigo. Y sigo.

* La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.