La prudencia posibilita pensar antes de actuar o hablar. Es la virtud que planifica, luego de un razonamiento lógico, todo lo que vamos a hacer o decir. Es la más influyente de las virtudes a la hora de tomar decisiones.

El ser prudentes nos permite prever las consecuencias de nuestras acciones y de nuestras palabras. Nos evita correr riesgos innecesarios. Es la virtud más estrechamente ligada a nuestra inteligencia.

Tiene como finalidad ayudarnos a obtener resultados positivos en cada uno de nuestros proyectos. Permite forjar una personalidad segura en sí misma y le abre paso a otras virtudes imprescindibles para nuestro desarrollo como seres humanos.

Cuando iniciamos el camino hacia la realización de un sueño, nunca es aconsejable hacerlo sin la dosis necesaria de prudencia. Ella nos indica la manera y el rumbo más propicios, y nunca descarta las experiencias del pasado. Uno de sus propósitos es no repetir errores.

Cuando ya emprendemos la marcha en busca de nuestros sueños, después de un análisis prudente, por supuesto, la perseverancia se encargará del resto. La perseverancia tiene, por lo tanto, su raíz en la prudencia.

¡Es imposible lograr el éxito perseverando de manera imprudente!
Sin embargo, el exceso de prudencia puede convertirse en un arma de doble filo. Sus límites pueden ser confusos. Queriendo ser demasiado prudentes corremos el riesgo de transitar por los dominios del miedo.
La prudencia está muy lejos del miedo, pero el exceso de prudencia no. Muchas veces se dan la mano.

Los excesivamente prudentes, los que se ponen a analizar las causas y las consecuencias una y mil veces por temor a cometer errores, casi nunca hacen nada, y ese es el principal desliz del ser humano: no hacer nada.

Por eso, en muchas ocasiones, me sumo al criterio de Horacio, el gran poeta latino, cuando nos aconseja: “a veces a la prudencia hay que sazonarla con un toque de locura”.

Estoy seguro que Cristóbal Colón era un hombre prudente. ¿Sin un toque de locura hubiera partido con sus tres calaveras en busca de nuevas rutas?

Lo prudente en pleno renacimiento era montarse en las carabelas con Colón, no quedarse pensando si la tierra era de una u otra forma. A esos toques de locura se refiere Horacio.

Algunos están satisfechos con lo que tienen. Utilizan la prudencia como justificación de su conformismo. Creen que lo aconsejable es no hacer nada. No digo que temen, pero se acomodan. Son aquellos que tampoco acostumbran a perseverar.

El ser prudentes no nos conduce siempre al éxito. Creer eso sería pecar de ingenuos. Los vaivenes de la vida a veces son más fuertes que cualquier previsión seria.

Sin embargo, en las situaciones más difíciles, en las más frustrantes, siempre debemos apelar a la prudencia como una virtud cardinal. Desecharla sería desperdiciar la capacidad de razonar del ser humano.