En estos días me ha acompañado una vieja amiga. Se llama Rabia. Es una amiga a la que conozco desde niño y con los años se me ha hecho más interesante. Antes creía que ella siempre se presentaba de golpe, pero a medida que la conozco mejor, me doy cuenta de que siempre se anuncia, solo que a veces no percibo su llamado. También he descubierto que mi amiga tiene muchos apellidos. Rabia Frustrada, Rabia Dolida, Rabia Impotente, Rabia El ¡#$%/ De Su Madre, y la lista sigue con tonos sutiles o intensos.

No puedo decir que me agrade su visita, pero sí puedo reconocer que es parte de mi vida y que podemos ser amigos. Mi amiga Rabia.

Como toda emoción, la rabia es un brote de energía producto de algo que acontece en el momento. Ese algo puede estar afuera, digamos una persona que nos saca de nuestras casillas, o estar adentro, como un pensamiento que rumiamos y nos calienta el humor. En ambos casos es la expresión natural de nuestra condición humana. Tener rabia es natural, como lo es sentir tristeza o alegría. Por si sola la rabia no es buena ni mala; pero lo que hagamos con ella, las acciones que tomemos cuando estamos en sus manos, esas sí pueden tener consecuencias positivas o negativas.

Porque una cosa es sentir rabia y otra actuar desde la rabia. ¿Ves la diferencia?

Las emociones siempre nos dicen algo, y si aprendemos a manejarlas (mira que no digo controlarlas, cambiarlas o reprimirlas) nos ayudan a tener una mejor relación con nosotros mismos y los demás. En estos días recientes, que mi amiga me ha visitado, he procurado hacer una pausa y poner en práctica (a veces con mayor éxito que otras) unas sencillas técnicas de mindfulness.

Lo primero es reconocer lo que estoy sintiendo. Seguro habrás visto a una persona ofuscada, con la cara roja y las venas brotadas, a la que le dicen: “¡Estás molesta!” y te grita de vuelta: “¡Nada de eso, yo estoy calmada!”. Reconocer la emoción significa detectar sus síntomas físicos, digamos el corazón acelerado o la contracción en el cuerpo, así como nombrar eso que estamos sintiendo. Con las emociones no sirve esconderse o evadirlas. Mejor es sentirlas tal y como son, llamándolas por su nombre. Es el momento cuando me digo: “Eli, estás rabioso”.

Luego intento abrirle espacio en mi cuerpo. Esto es sentir en qué parte del cuerpo se manifiesta. ¿Está en el estómago o en el pecho? ¿Es constante o varía? ¿Es un temblor o una avalancha? Al abrirle espacio me permito sentir lo que está presente. En ocasiones es tan intenso que estallo (explotar de rabia no es un crimen, lo importante es ser conscientes del proceso y no agredir o agredirnos). Otras veces puede ser que indague más en lo que siento y descubra que detrás de esa rabia hay miedo, o dolor, o frustración. Es cuando le encuentro el apellido a mi amiga.

Y bien sea que haya explotado o que haya conservado la calma, intento traer una dosis de compasión a mi rabia. Somos humanos, ergo, sentimos emociones. A veces le agrego una dosis de humor para aliviar el efecto, pero en todo caso procuro no castigarme por sentir lo que sentí. No soy el Dalai Lama, quien por cierto, si no lo sabías, también estalla de cuando en vez.

Por último, recuerdo que no tengo que identificarme con la emoción. Es cuando digo: “Siento rabia, pero no soy rabia”. Esto es muy importante. Sentir una emoción no significa que somos eso y nada más. La verdad es que somos un río de emociones y sentimientos cambiantes que a veces es plácido y otras veces se desborda… Como me ocurrió el domingo pasado.

Y unas horas después me perdoné por el estallido, despedí a mi amiga y seguí con mi vida. Hasta la próxima.

*La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.