La experiencia es la mejor escuela. Nada más poderoso para crecer que vivir y sentir las enseñanzas. Podemos saber mucho sobre algo, pero hasta no experimentarlo será un conocimiento alojado en la razón y no el corazón. Valioso, sin duda, pero no necesariamente transformador. Es una sabiduría teórica que aún no decanta a los niveles más profundos.

Pongamos un orgasmo. ¿Es lo mismo tener una noción teórica de la sensación que experimentarlo en la práctica? La mejor literatura erótica puede hacer que vuelen los sentidos y una imaginación fértil es capaz de invocar las más excitantes imágenes. Pero si el orgasmo solo es producto de la actividad mental, hay algo que falta además de la piel. No hay sustituto para la energía que fluye de un cuerpo a otro al momento del clímax. Tampoco existe la dicha del amor hecho carne.

Algo así ocurre con la sabiduría de vida. La mente es capaz de absorber mucha información, el intelecto puede entender muchas ideas, pero no es sino hasta el momento en que estos conocimientos se conviertan en una experiencia que podemos decir que son una sabiduría real. Antes de ello son un concepto, una reflexión, algo que podemos entender y relacionar con ciertas emociones o situaciones. Pero no se siente igual ni tampoco nos dice lo mismo. Por ello, las experiencias y los años son maravillosas escuelas. Por eso me resuenan más los consejos de paternidad de quienes han criado hijos y las recomendaciones de pareja de quienes han compartido su vida con alguien. La sabiduría de librito suena bien, pero no necesariamente llega a las raíces.

En la tradición budista la sabiduría es conocida bajo el término panna y se manifiesta en tres niveles. S.N. Goenka, uno de los más grandes maestros de meditación del siglo XX, decía que es necesario diferenciar estos tres niveles si realmente queremos conocer al mundo y a nosotros mismos. El primero es sutta-maya-panna, o la sabiduría que obtenemos al leer o escuchar las palabras de otros, que si bien puede ser algo que nos ayuda abrir los ojos, termina siendo la sabiduría de otra persona y no la nuestra. El segundo nivel es citta-maya-panna, o el resultado de razonar y analizar la información que hemos recibido. Es un proceso intelectual que nos permite aprender y decidir si las enseñanzas son relevantes o lógicas.

El tercer nivel, el más poderoso, es bhavana-maya-panna. Esta es la sabiduría que crece dentro de nosotros al nivel de las experiencias. La que surge cuando practicamos lo aprendido y comprobamos de manera directa los resultados. De esta forma cruzamos el puente del conocimiento para alcanzar la real sabiduría, porque una cosa es conocer algo y otra más poderosa es experimentarlo como una verdad integrada a nuestra vida. Así deja de ser una idea para convertirse en parte de quienes somos, pasando de la cabeza al corazón y expresándose a través de nuestras acciones y pensamientos.

En la senda del crecimiento humano es muy fácil obtener el primer nivel. A fin de cuentas, hoy en día abunda la información. Basta el interés y la inteligencia para llegar al segundo nivel. Pero alcanzar el tercero requiere un paso que no damos con palabras o deseos. Requiere el esfuerzo de caminar el camino, alineando intenciones y acciones, practicando la prédica, para así comprobar en lo más profundo de nuestro ser, más allá del análisis teórico y las sesudas explicaciones, aquello que deja de ser simple conocimiento para convertirse en nuestra verdad. La que hemos experimentado, no las que nos contaron.

GQI-EliBravo

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.