Estudios recientes han demostrado que las que perdonan una infidelidad con mayor frecuencia son las mujeres y que muchas -aunque no perdonen- se quedan con el infiel haciéndose de la vista gorda, sobre todo si están expuestas al escrutinio público.

Cuando Terry Maketa, sheriff de El Paso, Texas, fue acusado de tener relaciones extramaritales con tres empleadas, cientos de emails subidos de tono, intercambiados entre él y una de ellas, fueron publicados por los medios. Pero Vicki, la esposa de Maketa, se mantuvo a su lado todo el tiempo, participando en las marchas de apoyo a su marido. En un post de Facebook, Vicki dijo que su esposo había cometido errores semejantes en el pasado y que ella se los había perdonado todos.

¿Será que podemos considerar cómplice a la esposa-víctima porque su actitud perpetuaba la conducta infame de su Casanova? A nadie le cabe duda de que la infidelidad es algo que no se debe promover. Sus efectos suelen ser devastadores por culpa de las mentiras, engaños y traiciones que erosionan la confianza. Y la confianza es parte fundamental de los cimientos sobre los cuales se construye una relación feliz y duradera.

Hasta dónde se llega en la aceptación de la infidelidad depende de las restricciones que cada matrimonio se auto-impone. Hay diversas causas que, ante los ojos de la mujer, justifican que ella viva en carne propia el refrán que dice: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Entre las más comunes encontramos: dependencia económica, hijos pequeños que necesitan de su padre, el qué dirán y el miedo al cambio.

Uno de los casos más sonados de infidelidad de alto vuelo ha sido el del expresidente Bill Clinton. Su esposa Hillary fue entrevistada por el periodista británico Nigel Farndale en el 2003, a quien le contó que cuando supo que Bill la había engañado con Mónica quedó tan sorprendida que entró en un estado de shock que le impedía respirar, y acto seguido reaccionó gritándole a su esposo en medio de un llanto frenético. El periodista británico, con su manera desenfadada de preguntar, cuestionó la sorpresa de Hillary ante la confesión de su marido, pues éste ya había admitido otro affaire extramatrimonial con Gennifer Flowers para entonces.

“Bueno, eran muchas las razones por las que le había creído a mi marido, incluyendo las experiencias que yo misma había tenido desde que ingresé a la Casa Blanca. Había tantas acusaciones en mi contra, que eran totalmente falsas; y sin embargo, allí estaban en las primeras páginas de los periódicos. Así que para enero de 1998 [cuando su marido le mintió acerca de Lewinsky], yo estaba acostumbrada a que lanzaran esas historias escandalosas contra cualquiera de nosotros, o contra ambos”.

¿Ha perdonado a su esposo?, fue la siguiente pregunta del periodista inglés. La ex primera dama le aseguró que sí. “Lo he hecho, lo he hecho. No fue fácil y no pretendo ser ningún tipo de ejemplo de perdón. Fue un proceso muy largo para mí… Y es que tomo muy en serio el matrimonio, al igual que mi marido. Recomiendo encarecidamente el perdón”…. Sólo Dios sabe si Hillary perdonó las infidelidades de Bill por tomarse en serio la institución matrimonial o por una agenda política ambiciosa.

Otra variable a considerar, para el común de los mortales, es cuando un infiel totalmente arrepentido pide una última oportunidad y entonces ambos deciden luchar por salvar su matrimonio. Cosa difícil pero no imposible. La pareja tiene que practicar una comunicación íntima reveladora de sus sentimientos, miedos y frustraciones, con total apertura al otro, y trabajar en aquello que funcionará para ambos en el camino de salida del atolladero. Sin duda alguna recomiendo la terapia de pareja. La reconstrucción de la confianza es ardua y la participación del especialista altamente necesaria.

*La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.