Hace unos años, una amiga me dijo: “Lo que hoy en día la gente llama viaje, en realidad es un traslado”. ¿Qué me quería decir? Que con la rapidez de los medios de transporte y el apuro que solemos tener en llegar a un destino, ya no hacemos del viaje una experiencia larga y transformadora. O dicho de otra manera: si nuestros bisabuelos debían invertir semanas para cruzar el Atlántico o varios días para atravesar el país, hoy nosotros podemos hacerlo en cuestión de horas. Esta rapidez es sin duda conveniente en muchos aspectos, pero la verdad, nos quita parte de la experiencia.

Viajar es entregarnos a una pequeña aventura. No es cumplir un itinerario, sino más bien abrirnos a los imprevistos y las novedades. Cuando viajamos, aprovechamos cada instante para absorber estímulos y emociones, vibrando con lo que se despliega en el presente. Pero si simplemente nos desplazamos entre A y B porque tenemos la mente enfocada en llegar (y cuanto antes, mejor), entonces nos perdemos las bellezas del camino.

¿Lo ves? Es como cuando vas por la carretera sin mirar por la ventana, porque lo único que te interesa es bajarte del auto. Todo lo que hay entre la salida y la llegada es accesorio.

Imagina ahora que esto sucede con tu vida cotidiana. Que en lugar de disfrutar el viaje de la vida estás con la mente puesta en el lugar que deseas alcanzar. ¿El resultado? Que por estar con la mente en el futuro te pierdes el presente. Tienen razón quienes dicen que el viaje no es el destino, es el camino. Llegar lo antes posible no es necesariamente lo mejor. A veces los mayores placeres están en el trayecto. Incluso, conozco gente que va muy apurada en llegar a un lugar, para luego decir ¿esto es todo? Lástima, se perdieron las maravillas que estaban antes y jamás vieron en su carrera.

La próxima vez que digas “me voy de viaje”, hazlo de verdad. No te apresures más de la cuenta, no intentes ver lo más posible en el menor tiempo, no te desesperes por llegar a algún sitio y en ese afán dejes de apreciar todo lo que sucede a tu alrededor. Si vas a viajar, viaja. No traslades tu cuerpo y tus maletas (además de tus preocupaciones) de un lado a otro.

Hace un par de meses vi una buena exposición sobre Marco Polo en el museo de arte contemporáneo de San Juan, Puerto Rico. Me asombró la experiencia de viaje que tuvo este aventurero y comerciante veneciano en el siglo XIII. Imagínate, salió de casa con apenas 17 años de edad y recorrió más de 24.000 kilómetros entre la actual Italia y China. Regresó a casa 24 años después, escribió un libro contando sus experiencias y así muchos europeos conocieron detalles de la vida en oriente.

Ese sí que fue un viaje. Nada de traslado. Claro que en el siglo XXI, para ser Marco Polo, habría que abordar una nave espacial. O quizás no. Puedes vivir tu aventura a la vuelta de la esquina o en una ciudad vecina. Solo hace falta tener ganas, paciencia, curiosidad y un corazón abierto a las novedades y sorpresas.

GQI-EliBravo

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.