El pasado 21 de diciembre me enfrenté con la posibilidad de perderlo todo. Y aunque las pérdidas podrían haber sido aún peores, el sacudón me dejó una inesperada enseñanza. 

Había salido a hacer unas compras al supermercado. Al regresar veinte minutos después, una columna de humo negro se elevaba de mi edificio. Por tres horas estuve pegada a la ventana del clubhouse de mi condominio observando en primera fila a casi cien bomberos luchar para apagar el fuego. Anticipando lo peor, mis vecinos y yo nos tomamos de las manos. Cada uno rogaba en silencio que contuvieran el siniestro antes de que se extendiera a todo el complejo.

 Un par de departamentos se quemaron casi por completo. Las otras seis unidades que compartimos ese ala del edificio de tres pisos tuvimos diversos grados de daños por humo y por agua. Esa misma noche nos evacuaron y no sabemos cuándo nos dejarán regresar. Un panorama desolador justo en la época donde hay tantas reuniones familiares y compromisos laborales antes de fin de año, la mayoría de los cuales tuve que cancelar. No sólo había perdido mi oficina desde la cual llevar a cabo mis eventos virtuales sino que tampoco contaba con la calma necesaria para hacer bien mi trabajo. Por suerte, ante estas circunstancias, mis clientes se comportaron como verdaderos amigos.

 En medio del caos reinante y de la tristeza y confusión que me invadió los días siguientes lo que más me sostuvo y sigue sosteniendo son mis afectos más cercanos, y la gran comunidad virtual que he construido en todos estos años. Esa comunidad acostumbrada a leer cosas positivas en redes sociales y a recibir mi inspiración y aliento, se transformó en la fuente de mi inspiración. La generosidad de personas que apenas me conocen dispuestas a darme lo poco o mucho que tuvieran me emocionó y me apuntaló cada vez que estuve a punto de derrumbarme. Hubo quienes me ofrecieron una cama extra en un hotel donde estaban parando de paso por Manhattan; y quienes estando fuera del país por las fiestas me insistieron en que usara la habitación vacante en el departamento que compartían con sus roommates.

Como suele ocurrir en condiciones similares, durante esos días escuché reiteradamente frases como: “las cosas materiales son reemplazables”, “lo que importa es que estás bien”, “tú eres fuerte y lo superarás”. Son cosas que se dicen en circunstancias extremas para animar al otro. Sin embargo, descubrí que lo más valioso que te pueden decir en una situación así, es: “¿Cómo te puedo ayudar?” Una pregunta simple que conlleva la responsabilidad de efectivamente hacer algo.

Aunque vivas lejos, aunque sepas que esa persona es fuerte y se va a arreglar. Nada reemplaza esa mano abierta que me hizo sentir cuidada, querida, escuchada. Es una muestra de humanidad incomparable. Pero claro, sólo debes hacer la pregunta si estás preparado a responder con tus actos.

 En esos días recibí un gran número de ofrecimientos de ayuda, la mayoría de los cuales decliné. Al fin y al cabo (y por suerte) el seguro pagaría los gastos de las pérdidas materiales y de mi estadía fuera de casa. Pero cada uno de esos ofrecimientos tuvo el efecto de darme fuerzas para seguir adelante y dar tiempo a que la situación se fuera resolviendo.

Por eso comparto contigo mi aprendizaje: No importa cuán fuerte o independiente sea la otra persona, en momentos de alta vulnerabilidad, todos necesitamos que nos hagan esa simple pregunta para confirmar que no estamos solos. Gracias a todos los que me la hicieron.

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.