Te cuento la historia habanera de mi único par de zapatos. A ellos siempre cantaré una oda a la mirada: «Me enseñaron a pensar, a no descansar sumido en la adversidad del hoy».

No tenía nada más que una cámara fotográfica y una maleta con unos cuantos trapos, y eran ambas prestadas. Llegué a Toronto sin saber lo que era una cuenta de banco o una tarjeta de débito, y sin la más remota idea de lo que era el crédito. Mi relación con el dinero ha sido complicada.

Mi madre hizo enormes sacrificios para darnos oportunidades a los tres hermanos. Solo en mi último año, antes de salir de Cuba, comencé a tener cierta independencia financiera. Conseguí cuatro empleos en moneda nacional, o sea en pesos cubanos, y otro en dólares “por debajo de la mesa”, como decíamos allí. Trabajaba en Radio Rebelde y Radio Taino. Además, conducía un programa de televisión. Por si fuera poco, trabajaba como animador del Salón Rojo del Hotel Capri, donde presentaba a los grupos de salsa más importantes del país. Allí ganaba 20 dólares por noche y alguna propina. Fue una etapa de relativa bonanza. Por primera vez pude ahorrar dinero bajo el colchón y comprar las cosas que necesitaba, sin depender de la tarjeta de racionamiento. Por ejemplo, zapatos nuevos…

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