Por ELI BRAVO, columnista invitado

Piensa en un avestruz. ¿Cuál es su rasgo más conocido? Aparte de ser el ave más grande del planeta y alcanzar velocidades superiores a los 70 kms/hr al correr, tiene fama de hundir su cabeza en la arena cuando siente miedo. De allí que se hable del “Efecto Avestruz” para referirse a las personas que prefieren no enterarse de las malas noticias y seguir adelante como si nada estuviese ocurriendo.

¿Cuál es el problema con esto? Que la realidad termina por imponerse y el avestruz se queda pensando “esto no lo vi venir”. Decidir no darse por enterado puede sonar como una receta ideal para evitar la angustia, pero cuando hablamos de alcanzar objetivos en la vida es una estrategia para sabotearlos. Te lo digo por experiencia propia.

Varios estudios han relacionado el Efecto Avestruz con la tendencia a no medir indicadores de progreso y evadir cambios en las acciones que emprendemos. Supongamos que el objetivo es incrementar tu rendimiento en el trabajo: estableces unos objetivos, te propones ciertas acciones, haces algunos ajustes y te lanzas con entusiasmo. Al cabo de un tiempo las cosas no parecieran ir a la velocidad que deseas, pero tú no te desanimas, te sientes cómodo con lo que haces y sigues adelante. A la vuelta de unos meses estás lejos del objetivo pero no sabes por qué. ¿Acaso llevaste un registro de tus progresos y los analizaste con regularidad?

Cambia este ejemplo por la pérdida de peso, el incremento de ingresos, escribir un libro o arrancar una empresa. Para el avestruz resultará más cómodo mirar en otra dirección cuando las cosas parecieran no ir según el plan. Y con la cabeza en la arena perderá las oportunidades.

Lo que sucede detrás de este efecto es la tensión entre la autoevaluación y la auto-mejoría. Preguntarnos ¿cómo lo estoy haciendo? permite hacer un seguimiento del progreso y cuando hay resultados positivos esto nos motiva, reforzando nuestra voluntad. Por otro lado, y de forma natural, procuramos mantener una buena imagen de nosotros mismos a pesar de las circunstancias. Queremos mejorar y sentirnos bien, pero si los resultados de nuestras acciones no lucen muy favorables esto podría afectar nuestra auto-imagen y acarrear una serie de emociones incómodas. Así que para no frustrarnos preferimos obviar esa información.

¿Las cosas no están resultando como esperabas? Olvida al avestruz y pon el ojo en lo que está sucediendo. Seguramente descubrirás que debes hacer algunos ajustes (los planes están para cambiarlos), pero también que existen ciertos logros a los cuales no has prestado atención. Recuerda: Siempre tienes la oportunidad de modificar tus acciones.

Muchos estudios demuestran que monitorear de forma realista nuestro progreso ayuda a alcanzar los objetivos. Y si aparecen indicadores poco satisfactorios no te desanimes. Ten presente que equivocarse está bien, es parte del proceso y de allí viene el aprendizaje. Además, procura no ser perfeccionista ni juzgarte con severidad extrema. Y si tienes la oportunidad, busca a alguien con experiencia que ofrezca guía y alternativas. Nunca está de más llevar algún tipo de control escrito y revisarlo con frecuencia.

Una última cosa: el avestruz no entierra la cabeza en la arena. Es un mito, posiblemente difundido por Plinio El Viejo en el año 23 D.C. Pero como tantos otros mitos, es una maravillosa imagen para ilustrarnos el comportamiento humano.

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas invitados no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.