Uno de los principales depredadores de nuestra creatividad es el miedo al ridículo. Tras el temor a ser objeto de burlas, se esconde una profunda inseguridad que puede hacernos desistir de sueños y anhelos.

¿Hasta qué punto es sano preocuparnos y protegernos de lo que el «huracán de presión social» dice que es hacer el ridículo? ¿Cuál es esa delgada línea en la que comenzamos a ser como otros quieren que seamos y aniquilamos nuestra autenticidad?

La catagelofobia es el miedo a hacer el ridículo, que incluso puede convertirse en miedo a la risa. Y siempre debemos cuidarnos de las personas que no ríen.

Por ejemplo, el profesor y psicólogo de la Universidad de Zürich, Willibald Ruch, realizó un experimento en el que hizo que un grupo de personas escucharan las grabaciones de tres tipos de risas: una amistosa, una nerviosa y una malévola, para luego pedir a los participantes que catalogaran cada sonido.

Los catagelofóbicos contestaron que en los tres casos las personas se estaban burlando. Ruch repitió el experimento, pero esta vez con tres fotografías de personas riendo de forma falsa, con desprecio y con alegría. Nuevamente, los que padecían la fobia percibieron las tres imágenes como ofensivas.

¿Te das cuenta de hasta qué punto la catagelofobia puede sabotearnos la mente?

En algún momento, todos hemos reído con muchísimos videos virales en internet, en los que las personas no han tenido temor a hacer el ridículo. Tal es el caso del famoso video «La caída de Edgar«, que se considera uno de los primeros virales de Latinoamérica. Su protagonista es Edgardo Martínez, un niño de unos diez años que cayó al agua por culpa de un amiguito, cuando intentaba usar un tronco para cruzar un riachuelo.

Aunque mucha gente despiadada le hizo bullying, Edgar logró dar un giro de 180 grados a su historia: las empresas comenzaron a buscarlo para firmar comerciales, la gente le pedía autógrafos en la calle, se hizo famoso y hoy es conocido como youtuber. Pero lo más importante es que mantuvo su autenticidad, asumiendo que su «ridículo» hizo reír a mucha gente.

Cuando somos creadores, tenemos licencia y permiso para arriesgar. El negocio de ser tú consiste en abrazar la autenticidad sin miedo al ridículo, porque nada es ridículo cuando es original. No traiciones tus sueños por temor al qué dirán.