Winston Churchill, el gran político inglés, se autocalificaba como una persona optimista, según él, porque “no le parecía muy útil ser otra cosa”. ¡Cuánta razón! ¡Nada hay más ventajoso en la vida que ser optimistas! Entre las virtudes que pudo tener Churchill, esa fue quizás la que más influyó en su carrera como hombre público.

Un ser humano con esa particularidad siempre acaricia un proyecto con la confianza de que lo va a lograr, mantiene sus sueños latentes convencido de que los hará realidad. No teme a las equivocaciones ni a los riesgos ni a los posibles fracasos, porque dispone del coraje imprescindible para comenzar las veces que entienda necesario. Rectificará en el instante oportuno y cambiará todo lo que considere que debe ser cambiado. No se preocupará por los problemas, sino por las soluciones.

¡Un optimista confía en sí mismo! No digo que no dude, sino que está dispuesto a despejar las dudas que aparezcan en el camino, que está preparado psicológica y espiritualmente para sacarle provecho a cada una de esas dudas, porque su convicción lo lleva a despejarlas y a aprender de ellas. Un optimista vive consciente de que lo dañino no es dudar, sino dejarse vencer por la duda.

Son personas que se caracterizan por su alta autoestima y consiguen, con relativa facilidad, la confianza de sus semejantes. Se caracterizan por ser alegres, ajenas al miedo ancestral que en muchas ocasiones detiene la obra de los seres humanos. Un optimista es capaz de marcar pautas y crear senderos.

Todo lo contrario sucede con los pesimistas. Una persona con semejante actitud aborrece el cambio, defiende una posición sitiada, nunca se decide a romper el cerco, se adecúa a lo que tiene y a lo que no tiene, porque lo domina el temor a enfrentar los retos de la vida. Se deja corroer por un pesimismo que lo inmoviliza y enmudece. Sus sueños se convierten en espejismos, el futuro se torna equívoco, la oportunidad de alcanzar el éxito y la verdadera felicidad se desvanece en medio de la más abrumadora mediocridad.

Vivimos en un mundo expedito que cambia sin cesar, y nosotros estamos obligados a cambiar con él. Muchas veces debemos enfrentar cambios que, en principio, pueden parecer traumáticos, que nos obligan a desprendernos de patrones que han pautado por años nuestra existencia: familiares, sociales, geográficos, científicos, técnicos y hasta filosóficos.

Esos cambios, en una sociedad de trepidante desarrollo, requieren una dosis muy alta de optimismo, de amor por lo que se hace. Nos obligan a desarrollar una mente amplia, dispuesta a reformarse las veces que sea necesario. La pasión amasa al optimista, pero lo moldea con la paciencia y la perseverancia de los vencedores.

Parafraseando a Helen Keller, la escritora y oradora estadounidense, los optimistas miran de frente al sol para evitar las sombras.

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