Cuentan que hace miles de años, un discípulo le sugiere a su maestro, un famoso sabio, disertar sobre la pasión y la razón. La historia dice que el erudito apenas lo pensó un par de segundos y sus palabras no se hicieron esperar: Tu razón y tu pasión son el timón y las velas de tu alma marinera.

¡Palabras de sabio! La razón es la guía que nos conduce por los caminos de la vida. Los humanos tenemos la posibilidad de pensar, de razonar, somos agraciados desde ese punto de vista; pero la pasión es la vela que nos impulsa. Modernizando la frase, es el motor que induce nuestro andar.

La pasión es un sentimiento intenso que ejerce entusiasmo a la hora de luchar por un objetivo en la vida, y a la vez inyecta optimismo. Cuando nos apasionamos, no solo hacemos, sino que también disfrutamos todo lo que hacemos. Los resultados son más dulces, más enaltecedores.

Sin embargo, la pasión, por sí sola, tiende a soslayar o a alterar los niveles psicológicos del ser humano. Puede sacarlo de sus cabales y provocar la pérdida del control del “alma marinera”. De ahí la necesidad de apasionarse, pero nunca doblegar la voluntad y soltar el timón, pues quedaríamos a la deriva en las profundas aguas de la vida.

Pasión y razón son dos frutos del mismo árbol, pero han de brotar, crecer y madurar juntos. De la influencia que uno ejerza sobre el otro dependerá, en mayor o menor grado, el éxito de nuestro breve andar por este mundo. Sin razón, la pasión es una veleta a merced del viento; sin pasión, la razón es una llama que se autoconsume solitaria.

Sin embargo, algunos alegan que hay momentos en la vida en que tiene que actuar únicamente la pasión. Ponen como ejemplo las relaciones amorosas. “En medio de una relación intensa de amor, la pasión predomina, la razón sobra”, dicen.

Yo me pregunto, y a la vez te pregunto: ¿La razón sobra o nos da permiso para desatar la pasión hasta un límite? ¿Sobra o simplemente se aparta y guarda discreción ante el sublime acto amoroso?

He aquí otra respuesta muy complicada porque, según cada punto de vista, algunos podemos pecar de frívolos y otros de apasionados extremos. Quisiera ahora tener delante de mí al famoso sabio y lanzarle ese par de preguntas.

No obstante, cualquiera que sea la respuesta, la pasión y la razón son dos elementos que sazonan nuestra existencia y posibilitan que sea más bella, más disfrutable. Démosle gracias a Dios o a la naturaleza, a quien mejor estimemos, por permitirnos razonar con pasión y apasionarnos con razón.

La Navidad toca a las puertas. No hay mejor momento en el año para disfrutar de ambos dones, para disfrutar de la vida, de los sueños, de los triunfos, del amor, y dejar que nuestra alma —recurriendo otra vez al sabio— exalte nuestra razón a la alteza de la pasión.