La perseverancia es uno de los dones que más ennoblece al ser humano, es una muestra de amor sin límite por lo que nos proponemos, es el afán de luchar por mantener el camino hacia la realización de un sueño, sin importar las adversidades. ¡Si se persevera, se llega, se triunfa!

Una persona perseverante es aquella que si en algún momento cae, tiene la firmeza suficiente para levantarse, no se amilana y siempre mira hacia adelante. Tiene claro que su objetivo está en el futuro y que, para llegar, debe enfrentar los retos del presente. Confía en lo que hace, en su lucha. Nunca se entrega a la llamada “buena suerte”.

Recuerdo los versos de Pablo Neruda: “Despiértate, lucha, camina. Decídete y triunfarás en la vida. Nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados”. Es común que el fracaso venga acompañado de la falta de perseverancia. Quien se decide a luchar y a triunfar en la vida, ha de tener la voluntad de soportar el peso de las obligaciones que conlleva esa decisión. Más que ser fuerte, según el taoísmo, hay que ser poderoso. ¡Para perseverar hay que ser poderoso!

Es asumir los retos de la vida convencidos de que somos capaces no solo de enfrentarlos, sino también de vencerlos, sin importar, repito, los contratiempos que puedan presentarse ni, incluso, la edad. Muchos asumen que con cierta edad no es loable perseverar, pues el tiempo puede no alcanzar. Me pregunto: ¿Y si alcanza? ¿Si nos damos cuenta en algún momento de que sí hubiéramos podido llegar? ¡Cuánta desilusión!

“Nunca es tarde si la dicha es buena” es una frase con miles de años, atribuida a un filósofo griego llamado Cleante de Asos, quien se hizo filósofo con más de cincuenta años en aquella época, gracias, según sus propias palabras, a la perseverancia. ¡La dicha es buena si perseveramos!

Si Cleante de Asos se hubiera puesto a pensar que podía morirse en cualquier momento, nunca hubiera estudiado filosofía. Si hubiera cargado su mente con una sobredosis negativa, no hubiera hecho nada, se hubiese frustrado y aburrido en demasía, pues llego a vivir 99 años. La vida lo premió.

Puede sucedernos que cuando estemos convencidos de que casi llegamos al final del camino y que el éxito pronto sonreirá, nos demos cuenta de que aún falta un tramo más largo que el andado. Ese momento solo se supera con perseverancia, con la firme convicción de que la manera más segura de no llegar al final del camino, es dejando de andar.

Sir Winston Churchill repitió tres veces el octavo grado. ¡Tres veces! ¿Se imaginan cuánto tuvo que perseverar para llegar hasta donde lo hizo? Aunque no lo crean, le costaba mucho trabajo aprender. En determinado momento de su vida, la Universidad de Oxford le pidió pronunciar un discurso en una fiesta de graduados. Churchill llegó con sus acompañantes habituales: un bastón y un sombrero de copa. Mientras se aproximaba al podio, el público le brindó aplausos de aprecio. Él, con pausado ademán, calmó a la multitud. Cuentan que se paró firmemente delante del público, colocó el sombrero sobre el atril, y mirando a la audiencia gritó con voz vibrante: “¡Nunca se rindan!”. Transcurrieron algunos segundos en medio del más absoluto silencio, se alzó en puntas de pie y gritó nuevamente: “¡Nunca se rindan!”.

Sus palabras tronaron a través del auditorio. Continúo el silencio, Churchill alargó uno de sus brazos en busca del sombrero y, apoyándose en el bastón, abandonó la tribuna. Su discurso de solo seis palabras había terminado. Unos segundos después tronó la ovación más grande que se recuerde en ese prestigioso centro de estudios.

¡Nunca se rindan no es más que siempre perseveren!