Como un ancla que nos ayuda a mantenernos en el momento presente, o un puente que conecta la conciencia con los estratos más profundos de la mente, la respiración es una poderosa y sencilla herramienta para experimentar la totalidad del ser. Respirar es vivir. Al dejar el vientre materno lo que hacemos es tomar aire, soltar el último aliento es lo que hacemos al morir, y entre uno y otro momento acontece la vida. Una respiración a la vez.

Por lo general respiramos sin darnos cuenta. Es un acto físico involuntario, como otros tantos otros que controla el cerebro. Pero a diferencia del latido del corazón, que empuja el torrente sanguíneo donde viaja el oxígeno que inspiramos, tenemos la capacidad de controlar la respiración a voluntad. Lo hacemos al nadar bajo el agua o inhalar profundamente para relajarnos. Esta posibilidad de observar y trabajar con nuestra respiración la convierte en una herramienta maravillosa para acceder a niveles más profundos de conciencia.

Tomemos la práctica de la meditación, donde la respiración se utiliza como un ancla para concentrar la mente. La teoría es sencilla: Al fijar la atención en el aire que entra y sale del cuerpo, simplemente observando el proceso sin tratar de controlarlo, entrenamos la mente para que se mantenga estable y activa en lo que ocurre en el momento presente. Haz la prueba. Cierra los ojos e intenta respirar manteniendo toda tu atención en el acto, sin distraerte. Si deseas puedes contar del uno al diez para ayudarte: uno al tomar el aire, dos al expulsarlo, tres al tomarlo de nuevo, cuatro al soltarlo, y sigue así hasta llegar a diez. Luego vuelve a uno y cuenta de nuevo hasta diez. Mantén toda tu atención en el conteo y la respiración.

Pronto descubrirás que el ejercicio no es tan sencillo como parece. La mente, con su actividad habitual, muy probablemente se habrá distraído antes de llegar a la segunda decena. Pensamientos de las cosas por hacer, recuerdos recurrentes o cualquier otra cosa entrará en el campo de la atención y en cuestión de segundos olvidarás lo que estabas haciendo o en que número te encontrabas. Es normal. La mente trabaja así, y como digo en las sesiones de mindfulness, al meditar lo que hacemos es desarrollar nuestra conciencia para observar el funcionamiento de la mente. Todo con la ayuda de la respiración.

En otras prácticas de crecimiento personal, como el Effiji, la respiración se convierte en un detonante de energía vital para limpiar los canales emocionales y profundizar en el viaje interno. Es increíble lo que hace la respiración en una sesión de Effiji. Desde la primera vez que lo experimenté me fascinó el poder sanador de esta técnica, tanto, que actualmente la facilito a otras personas. Aquí también la teoría es sencilla: al respirar de forma cíclica, intensa y constante se derriban las barricadas mentales y accedemos de manera directa a los rincones más profundos del alma. Rápidamente la energía vital circula por el cuerpo, las emociones afloran con mayor intensidad y la mente cede la experiencia al corazón. Es una experiencia difícil de explicar a menos que la hayas sentido.

Mientras más trabajo con la respiración, más me sorprende su poder transformador. Siendo un acto tan natural, sencillo, gratuito y constante, algo que damos por sentado y que pocas veces apreciamos, es fascinante como puede convertirse en una herramienta de crecimiento y expansión con tan solo prestarle atención. Es de verdad un regalo invalorable.

 

Te invito a que aproveches el próximo minuto apreciando el acto de respirar. Y si quieres, varias veces al día haz el ejercicio de prestarle atención a tu respiración por unos segundos. Descubrirás que es una puerta grande para entrar a al universo de la conciencia.

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.