El Principito, de Antoine Saint-Exupery, siempre es una lectura de extraordinario placer. Digo que “siempre es” porque lo he leído varias veces y estoy casi seguro que muchos de ustedes también.

Es uno de esos libros imprescindibles por su poder de seducción, tanto para niños, jóvenes o adultos. ¿Por qué esa cualidad de El Principito, un libro de apenas cien páginas y escrito en menos de una semana por obligaciones económicas del autor?

Por supuesto que sus virtudes estético-narrativas tienen mucho que ver, pero no pretendo adentrarme en el campo de la crítica literaria y mucho menos con una obra de tales dimensiones.

Lo que me interesa de El Principito es la recreación que hace Saint-Exupery del universo interior del ser humano, del enorme amor que puede albergar en su corazón, del inmenso poder de la amistad y, sobre todo, del poderío infinito de la imaginación que nos regala Dios y que, en lo fundamental, solo le damos riendas sueltas mientras somos niños.

El ser humano, a medida que crece, pierde capacidad de imaginar, no ve mucho más allá del área visual y auditiva que lo rodea, y, como sucede en el libro, no es capaz de sospechar que un dibujo que parece un sombrero no es más que “una enorme boa que se ha tragado a un elefante”. La imaginación se esfuma muchas veces cuando somos adultos.

Sin embargo, la imaginación tiene su base en la realidad del mundo que habitamos y su importancia es básica, por cuanto es la vía más directa  hacia los sueños. ¡Antes de soñar hay que imaginar!

Sin imaginación estuviéramos aun en la etapa primitiva del desarrollo humano. No existiría el desarrollo científico, la pintura, la música, no existiría El Principito. Lamentablemente, muchos la subordinan a los dictámenes de la realidad que los rodea.

Para luchar por alcanzar el éxito, primero hay que imaginar ese éxito y después soñarlo. Nuestra misión no es otra que triunfar.

¡Sin imaginación, no hay triunfo! Imagina la felicidad y ésta llegara a ti, imagina una sonrisa y seguro que ríes, imagina que eres el dueño de tu vida, y serás, sin dudas, el dueño de tu vida.

Hace unos meses, conversando con una amiga psicóloga, hablamos del estrés. Me dijo: “Cuando te sientas estresado cierra los ojos e imagina que caminas por la orilla de la playa, que respiras el aire con sabor a salitre, que te acompañan los seres que más quieres en la vida y que el agua tibia del mar acaricia tus tobillos. Disfruta el paseo. Imagina lo que quieras, hasta que ves un tiburón frente a ti en forma de inocente mariposa”.

Yo le respondí: “Estoy de acuerdo con todo, pero lo del tiburón me parece una locura”. Ella sentenció: “Una locura sería verlo con sus fauces abiertas”.

Nunca perdamos el poder de la imaginación. ¿Por qué no ser un eterno Principito?

Por Ismael Cala