La vida tiene lecciones para nosotros en todo y en todos, solo debemos estar abiertos para aprender de quien menos lo esperamos.

Recientemente asistí a una actividad en un centro de convenciones y llegué un poco antes. Así que, como buena mujer, bajé a los sanitarios a revisar que mi pintalabios estuviera bien. Al entrar, estaba una de las señoras de mantenimiento subida en los lavamanos limpiando las esquinas superiores de los espejos y, con una gran sonrisa, se volteó a saludar y darme la bienvenida muy amablemente.

A modo de broma, le digo: ¿Y usted qué hace allí encaramada? A lo que ella muy resuelta me respondió: ¡Limpiando «seño»! Mire usted, todo lo que se ensucia por todos lados… pero, gracias a Dios, la gente que viene ensucia, porque si no, no tendría yo trabajo!

Me quedé con la boca abierta. Mientras otros viven quejándose de las cosas, hay otros, como esta preciosa señora, que sabe encontrar el lado positivo ¡hasta a la suciedad de otros!

Unos días después estuve conversando con una amiga sobre algunos problemas y me decía: «Yo veo los problemas como la oportunidad de resolver y de mejorar algo, no como algo que viene para destruirme». Dos buenas lecciones en la misma semana.

Me quedé pensando en cuántas veces hemos refunfuñado por el proceder mal de otras personas, por los problemas que se nos presentan, por la actitud hostil y negativa que a veces adoptamos cuando las cosas no salen o no son como nosotros quisiéramos que fueran, sin darnos cuenta de que es justamente eso lo que nos abre las puertas para buscar algo mejor, lo que nos presenta la opción de decidir y cambiar el rumbo de lo que estamos viviendo y que nos está generando malestar.

Inmediatamente me puse a pensar en esas cosas en las que hoy no estoy bien, las que me incomodan, las que me enojan o me frustran. Y sé que me molestan tanto porque en definitiva en mi corazón desearía que fueran de otra forma. Claro, el panorama de lo que me gustaría que fuera lo tengo muy claro.

Pero, y aquí viene el pero, estoy haciendo muy poco para ponerle un alto definitivo a estas situaciones, como si esperara a que por sí mismas se compusieran, que solitas las personas y las circunstancias se modificaran para que yo pudiera estar cómoda, tranquila y satisfecha sin mover un solo dedo. ¿Así qué fácil, no?

Sería sumamente grato ver cómo se resuelven las cosas a mi alrededor por sí mismas, pero de esta forma carece de valor el cambio, no fui yo parte de él, no maduré, no decidí, no me involucré en nada, seguramente no representará para mí algo importante y no lo apreciaré de igual forma que si hubiese sido parte activa del mismo.

Nos gusta tanto echarle la culpa a los demás de nuestras desgracias, que mejor no nos metemos a resolverlas. ¿Ilógico, no?

Ojalá y todos nos planteáramos la vida como esta señora que les cuento, encontrándole fácilmente el lado positivo al trabajo y dignificándolo con su actitud. ¡Ojalá y entendiéramos que la vida no nos da problemas, nos da oportunidades de estar mejor!

GQI-TutiFurlan

* Cortesía de Iniciativa T. La opinión de los columnistas invitados no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.