En el momento en que sientes un dolor agudo e inexplicable, nada más importa. Ni la presentación que debías entregar a tu equipo, ni que tienes que comprar el regalo de cumpleaños a tu prima, ni que debes hablar con tu hermano sobre ese problema que tienen pendiente, ni la salida con tus compañeros de secundario que no ves hace 15 años… Como por arte de magia, todo se pone en perspectiva y ¿sabes lo que descubres? Que en realidad, nada es tan importante. Nada es tan fundamental ni tan crítico como creías. Todos se las arreglan sin ti, y el mundo no se viene abajo.

De pronto, la interminable lista de cosas que debías hacer desaparece porque de lo único que te puedes ocupar es de ese dolor agudo que no te deja mover, o respirar o pensar en nada más que en pasar las próximas horas. Ese dolor que no sabes de dónde viene, pero que tiene como efecto inmediato ayudarte a poner en perspectiva las cosas. (¡Y qué rápido valoras lo que tantas veces escuchaste repetir a tu abuela: “lo que importa es la salud”!).

Es un poco el mismo efecto que tiene la muerte de un ser querido. Enfrentados a la finitud de la vida, nos resulta imposible no ajustar las prioridades. Mi pregunta es: ¿por qué esperar a experimentar un dolor extremo —ya sea físico o emocional— para ponernos a pensar qué es realmente importante en nuestra vida y a qué le estamos dando más relevancia de la que merece?

¿Por qué no aprovechar este rato en el que estás leyendo estas palabras para responder esta pregunta? Suspende por un instante la lectura y busca papel y lápiz. Te espero.

Muy bien. Ahora haz una lista de aquello que dejarías de hacer si te internaran ahora mismo con un dolor agudo. Por ejemplo:

  • Responder ese mensaje de texto que te está entrando en este instante.
  • Revisar tu página de Facebook.
  • Salir de compras
  • Organizar otro almuerzo para la familia extendida, para que al final terminen cada uno en su iPhone sin hablar entre sí.
  • Visitar a tu amiga que se queja siempre de todo y no hace nada para cambiar.
  • Demostrar que tienes razón.

Etcétera, etcétera, etcétera…

Y ahora en otra hoja anota, en letras bien grandes, aquello sin lo cual no podrías vivir.

  • Tener buena salud.
  • Cuidar la salud de tus hijos.
  • Ser feliz y disfrutar cada día de tu vida.

Y pocos etcéteras más.La realidad es que, a pesar de que nos embarullamos y nos inventamos mil cosas por las cuales preocuparnos, hay muy pero muy pocas que son verdaderamente importantes. Descubrir cuáles son las tuyas y quitarle la relevancia a todo aquello que no la tiene, te permitirá desprenderte del enorme estrés que probablemente sea responsable de ese dolor agudo que te dio y que no sabes de dónde viene.

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GQI-MarielaDabbah

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.