Es fácil justificar todo tipo de avaricia cuando te aprieta el bolsillo. Ignorar la mano de alguien que pide algo para comer o los pocos centavos al mes que contribuirían a que una niña vaya a la escuela en un país en vías de desarrollo.

El problema es que cuando estamos en una situación económica delicada, no solo dejamos de dar dinero, sino que dejamos de dar otras cosas que no nos cuestan nada.

Nos contraemos. Apretamos los dientes, y tratamos de retener lo poco que tenemos. Evitamos reunirnos con amigos y conocidos para no escuchar lo bien que les va. Rehuimos conversaciones en las que alguien nos pueda pedir algo, así sea un consejo. Y en poco tiempo, encerrados en nuestra propia miseria mental, nos aislamos del mundo.

Ahora, cuando miras qué tienen en común las personas súper exitosas, la gran mayoría ha llegado a ese lugar gracias a su enorme generosidad. O sea, fueron siempre generosas, aun cuando no tenían nada. No se volvieron generosas una vez que llegaron a un lugar prominente. ¿Y qué ofrecían cuando aparentemente no tenían nada que dar? Apoyaban los sueños de amigos y conocidos. Brindaban su tiempo. Sus contactos. Sus oídos. Compartían ideas, una taza de café, un aplauso. (Claro, siempre existen excepciones de individuos muy ricos conocidos por su avaricia. Pero me refiero a personas exitosas en todos los aspectos de la vida, no solo en el aspecto económico).

Cuanto más generoso eres con los demás, cuanto más valor agregas a sus vidas sin calcular “el retorno sobre tu inversión”, más te vuelve. La generosidad honesta y sin ataduras, esa que se brinda abiertamente, con amor y sin esperar nada a cambio, es responsable por las cosas más sorprendentes y bellas que te puedan pasar.

A lo largo de mi vida, cada vez que por alguna circunstancia momentáneamente dejé de dar, lo pagué carísimo. Mi energía quedó estancada y por ende, la energía de todo mi entorno también. Por más que trabajaba duro, al estar encerrada en mí misma, no veía resultados. La solución estaba siempre al alcance de mi mano, pero no era una solución intuitiva. Debía relajarme. Volver a operar desde mi generosidad. Olvidar cualquier desesperación económica temporal y agregar valor a la vida de los demás. Lo mejor es que en cuanto encontraba esa armonía, la máquina de producir milagros y sorpresas se reactivaba y las estrellas volvían a alinearse de inmediato.

No es magia. Es la naturaleza de los seres humanos y del campo energético que todos compartimos. Cuanto más fluyes tú, más receptivo eres para recibir lo que te viene. Cuanto más entregas de ti, y a cuantas más personas beneficias con tu generosidad, mayor cantidad de personas están dispuestas a respaldarte a ti en tus proyectos y desafíos. Es un círculo virtuoso. (Y para mostrarte que vivo según este principio, aquí va mi regalo para ti).

Lo que hay que recordar en este proceso de relajarse y dar de uno mismo, es que no puedes estar atado a los resultados. ¿Por qué? Por un lado porque a veces los resultados no son los que esperas y, si estás abierto, podrás disfrutar más de lo que te llegue. Y por otro, porque estar pendiente de los resultados te pone ansioso y esa ansiedad contrae, estresa y bloquea tu energía creativa.

Así que cuanto más necesitado estés de dinero, de un nuevo trabajo, de un nuevo contrato, o lo que sea, más debes extender tu generosidad. Más debes brindarte a quienes te rodean para agregarle valor a su vida y ayudarlos a cumplir sus sueños. Te aseguro que en poco tiempo el universo te devolverá tu generosidad con creces.

GQI-MarielaDabbah

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.